Memorias de la casa muerta

El 22 de diciembre de 1849, Fiódor Dostoievski, el autor de Crimen y castigo, su más conocida novela y una de las obras maestras de la literatura universal, fue sometido a un simulacro de ejecución: fue conducido con otros presos al lugar de ejecución (Plaza Semiónovskaya), escuchó la lectura de su sentencia de muerte, besó la cruz y vistió la camisa blanca preparada para la ocasión. Cuando todo estaba listo para el momento final, recibió, junto con los demás presos dispuestos para la ejecución, la comunicación de que el Zar Nicolás I les concedía la vida. A continuación se llevaron a cabo las verdaderas ejecuciones.

Este era sólo el comienzo de la terrible experiencia vivida por el gran escritor entre los años 1850 y 1854, periodo durante el cual fue condenado a trabajos forzados en Siberia, acusado de crímenes contra el Estado. Pertenecía al Círculo de Petrashevski, en cuyas tertulias se defendían ideas como la libertad de prensa, la emancipación de los campesinos y otras similares, que chocaban frontalmente con el régimen de servidumbre de la Rusia zarista. El desencadenante fue la lectura pública que Dostoievski hizo de la “Carta a Gógol” que escribió Bielinski en 1847.

Memorias de la casa muerta tiene, por lo tanto, ese doble atractivo de la novela escrita por un maestro de la literatura universal y basada en su propia experiencia vital. Una experiencia que, además, nos traslada la imagen fiel del terrible y despiadado sistema penitenciario de la Rusia de mediados del siglo XIX.

Memorias de la casa muerta

El protagonista es el propio autor, Fiódor Dostoievski, que bajo la figura del protagonista, Alexander Petróvich Goriánchikov, nos relata en primera persona su privación de libertad, su convivencia con los demás presos, sus dificultades para adaptarse a su nueva situación No debemos olvidar que Dostoievski pertenecía a la nobleza rusa, era Teniente de Ingenieros, es decir, una persona acostumbrada al trato con la alta sociedad y no con el pueblo llano, y además se dedicaba a la literatura, por lo que no estaba acostumbrado a los esfuerzos físicos. Son datos más que suficientes para imaginarnos lo que tuvo que suponer para Dostoievski ese radical cambio de vida: nuevas amistades (lo mejorcito de cada casa, como se suele decir), condiciones penosas de salubridad e higiene (las descripciones del autor sobre las condiciones de los barracones donde se alojaban reflejan con detalle esas condiciones), trato inhumano y degradante (se trataba de un sistema penitenciario compatible con la tortura y que despojaba al recluso de cualquier rastro de dignidad humana), etc, etc.

Tampoco debemos olvidar que quien nos relata todas estas circunstancias es el creador de Raskólnikov, protagonista de Crimen y castigo, personaje atormentado que sirve a su autor para el profundo análisis psicológico de un criminal, y en definitiva, para el análisis de los aspectos más contradictorios de la naturaleza humana. En este sentido, esta novela, Memorias de la casa muerta, recoge ya esa facilidad de Dostoievski para hacernos reflexionar, a través de los dramas que sufren sus personajes, sobre el crimen y el castigo, la paz y la violencia, el bien y el mal, la condición humana, en definitiva.

No es el mejor Dostoievski, no es la mejor de las obras del autor, cuya madurez y grandeza literaria se manifestará con posterioridad en la ya mencionada Crimen y castigo (1867), o en Los Hermanos Karamázov (1880), pero es una muy buena novela, y nos hace más cercano, nos ayuda a comprender mejor, el lado más personal y más humano del gran escritor.

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