Misericordia, Benito Pérez Galdós.

Benito Pérez Galdós fue un gran escritor, un autor prolífico, que alcanzó popularidad a raíz de la publicación de sus Episodios Nacionales, y algunas de cuyas obras, como Fortunata y Jacinta, son reconocidas hoy como obras maestras de nuestra literatura clásica.

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Fue un autor de reconocido prestigio ya en su época. Político, escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua. Tampoco se libró de las críticas, recibidas de sus adversarios pero también de otros grandes escritores de la época. Sin duda la más conocida fue la de Vallé-Inclán, que le bautizó como “Benito el garbancero”, un poco por su estilo literario, que éste último consideraba ordinario o chabacano, un poco por su afán por rentabilizar al máximo sus esfuerzos literarios. No en vano estamos en la época de las novelas por entregas. Nada criticable, creo yo. Al fin y al cabo no hacía sino defender sus intereses frente al abuso de los editores. En cuanto a lo de su estilo, creo que será suficiente con que el lector lea unos párrafos de Misericordia para apreciar lo injusto y desacertado de tales críticas.

Misericordia nos demuestra que estamos ante uno de los grandes de nuestra literatura, del realismo social de finales del XIX en España, un autor que retrata con maestría las miserias del Madrid de la época, y que lo hace acudiendo a su principal protagonista, el pueblo madrileño, en concreto ese pueblo asfixiado por la miseria. A ello se añade el elemento religioso, y otro aspecto muy importante en la novela, la reacción de la prácticamente inexistente clase media madrileña ante ese panorama de miseria, que dará lugar a que parte de ella descienda de clase social, viéndose de este modo avocada también a la pobreza, y otra parte ascienda de nivel social. Las reacciones de unos y otros, especialmente de los venidos a menos, queda patente a través de las vivencias y reflexiones de personajes inolvidables, como Doña Francisca Juárez y Frasquito Ponte.

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Pero nada mejor que leer las reflexiones del propio Galdós, en sus observaciones hechas en el prólogo de la edición de Nelson de 1913: En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid…

En la novela la pluma crítica de Galdós deja con las vergüenzas al aire prácticamente a todas las clases sociales. La burguesía, representada por Don Carlos, sin lugar a dudas, pero también las clases bajas y las que están al límite de la pobreza. Abundan los modelos de ruindad, hipocresía, mezquindad… Pero tampoco hay que olvidar los personajes que podríamos denominar positivos, los modelos de bondad, de integridad moral, que son menos abundantes pero que permiten apreciar un cierto atisbo de esperanza, de solución, de futuro, ante una situación generalizada de penuria. De entre éstos últimos merece la pena destacar a Benigna, a Almudena, y al ciego Pulido.

Para animar al lector que no conozca esta novela de Galdós terminaré diciendo que el comienzo de la obra es extraordinario, con las descripciones de la iglesia de San Sebastián y de la multitud de pobres que pide a sus puertas, descripciones que nos sumergen desde el inicio mismo de la lectura en esa atmósfera del misérrimo Madrid de finales del XIX y que nos invitan a seguir leyendo, a conocer a sus habitantes, a los protagonistas de la narración, sus inquietudes, sus desventuras, sus esperanzas…

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