Orgullo y prejuicio (Jane Austen)

Les voy a hablar hoy de una de mis novelas favoritas. No es porque crea que es la mejor escrita, he leído muchas que formalmente son mejores; ni porque su contenido sea extraordinario. Sin embargo es una de esas obras que sin saber muy bien qué es lo que tiene, te atrae y te cautiva.

Quizás sea precisamente esa sencillez con la que relata su autora, Jane Austen, o el hecho de que la historia que se cuenta no tiene grandes complicaciones, ni sobresaltos y se puede leer en cualquier momento y con cualquier estado de ánimo.

La obra, a pesar de estar escrita en pleno romanticismo literario, no es precisamente una obra romántica. Y entiendo por obra romántica aquella que está sujeta a unos cánones especiales que la encuadran en una época de la historia de la literatura calificada como Romanticismo, y no sobre si es romántica porque hay amor y señoritas que se desmayan cada tres por cuatro y flores secas que marquen un poema ni cursilerías de ese tipo.

Pues bien, esta obra ni forma parte del primer concepto de Romanticismo ni del segundo. Sus personajes no son héroes de folletín, ni tampoco héroes con grandes problemas filosóficos; no hay amores que muevan a la locura, desiguales y conflictivos; no hay ni siquiera alusiones a guerras ni cosas parecidas (y eso que hay personajes secundarios militares), los protagonistas no se ven sujeto a las inclemencias naturales, ni nos encontramos con una Naturaleza apasionada y ruda; tampoco hay paisajes exóticos, a no ser que alguien considere exótica la campiña inglesa. Ni siquiera hay cisnes ni almas en pena, ni esposas que se creían muertas.

Nuestros personajes pertenecen a una clase social en la que todos son caballeros y damas, con mayor o menor caudal económico, pero caballeros y damas al fin y al cabo. Una sociedad tranquila, donde un baile en la vecindad puede ser un gran suceso.

Y es así, precisamente, como empieza la novela, con los preparativos de un baile.

Los Bennet son una de esas familias de la campiña inglesa que vive tranquilamente, esperando a que suceda algo trascendental, por ejemplo, un viaje a Londres o la llegada del regimiento a la región: el padre, un caballero no demasiado rico, inteligente, pero tampoco en exceso; paciente, eso sí; la madre, una mujer desesperada por casar a todas sus hijas, aparentemente desquiciante, pero, en el fondo, hasta comprensible, si tenemos en cuenta que estas jovencitas no tienen otra salida honrosa en esta sociedad, nada más que el matrimonio; las hijas, para todos los gustos: la enamorada Jane, inocente en todos los sentidos, que no ve maldad en nadie; Lizzy, nuestra protagonista, joven impetuosa, al menos, hasta una medida honorable, orgullosa e independiente, también hasta el punto que se puede ser independiente sin caer en extremos; Lydia, la más desenfrenada de las cinco hermanas, actúa sin pudor, y aunque bordea más de una vez el escándalo, siempre queda en la frontera; Kitty y Mary, las pequeñas, a veces, ni se nota que existen, una impulsiva y algo ligera de cascos, que se deja influenciar por quien tenga más cerca; la otra, ni nos deja huella, a no ser por los golpes que les da a las pobres teclas del piano.

Además del núcleo familiar, hay otro miembro más: el reverendo Collins, es sobrino del señor Bennet y, debido a las leyes inglesas sobre las herencias familiares, el heredero de su tío.

Esta situación, es decir, que las hijas no hereden la herencia paterna, sino todo pase a manos del familiar varón más próximo es un topos, un lugar común, en la obra de Austen. Y es, precisamente, lo que explicaría el ansia de la señora Bennet de ver a sus hijas ‘bien’ colocadas, porque, casi ve en el matrimonio una tabla de salvación ante la ruina y el descrédito.

La señora Bennet tiene, además dos hermanas, una de poca trascendencia, la señora Philips, que vive en el mismo pueblo y que más que un personaje con voz, conforma esa sociedad a la que hay que agradar y ante la que se han de lucir las recién casadas; y, la otra, la señora Gardiner, con más presencia en la historia y con mucha más cordura que sus otras dos hermanas.


De la vecindad, vamos a destacar a otra joven, la señorita Lucas, amiga de las hermanas mayores, típica joven inglesa de la época en la que está situada la novela que se casa más por necesidad que por afinidad con el elegido como marido. La destaco porque viene a ser la representante de un destino opuesto al seguido por las hermanas Bennet, pues si Jane y Lizzy acaban casándose con aquéllos a los que aman (tenemos que creer que Jane se enamora de su galán por sí misma y no por influencias externas), incluso se puede decir lo mismo de la traviesa Lydia; sin embargo, Carlota Lucas se casa porque “era la única situación verdaderamente honorable para una joven bien educada y de escasa fortuna, y aunque la felicidad no pudiera asegurarse con ello, suponía siempre una garantía contra la miseria.” Al fin y al cabo, lo mismo que opina la señora Bennet.

>Y de fuera llegan los ‘maridables’ (y perdón por la palabra inventada): el, ya mencionado, señor Collins, rechazado desde el principio por sus primas; el señor Wickham, que llega con el regimiento derrochando simpatía y falsedad, sin ninguna vocación militar, con el único deseo de enriquecerse a costa de quien sea, que embrolla las relaciones de los dos protagonistas con cuentos y mentiras que lo dejan a él bien parado y fatal al señor Darcy, todo sea por galantear ante las muchachas y por envidia hacia el hijo de su antiguo señor, pero, pese a toda esta descripción, no piensen que es un malvado, simplemente es un oportunista; el señor Bingley, algo así como el deseado y esperado príncipe azul, el yerno que todas las madres desearían tener: rico, simpático, agraciado, bastante sociable y muy educado, todo sin llegar a extremos excesivos, pero estas cualidades se ven todas mejoradas, frente al carácter hermético, antipático y orgulloso de su inseparable compañero, el señor Darcy.

Por supuesto, el señor Darcy es el otro gran protagonista de la historia, el Orgullo y el Prejuicio son dos notas esenciales de su carácter, orgullo de su clase y prejuicio ante la señora Bennet y compañía. Y, no obstante, pese a las apariencias no es frío, tiene sentimientos profundos y firmes y, de todos, es el que más convence.

Todos como dijimos, más arriba, caballeros y damas, precisamente, una de los puntos que Charlotte Brontë censuraba a la Austen. Realmente, los personajes de la una y de la otra, están en polos opuestos. Las historias que cuentan también.

Como ya comentamos más arriba, en esta novela no ocurren grandes sucesos, nos narra, simplemente, una relación amorosa en la que los amantes, tozudos y orgullosos, no se declaran hasta que ambos reconocen que se han equivocado:

El señor Bingley llega a un pueblo inglés, acompañado de su amigo y de sus hermanas. En seguida, todas las madres y las hijas de la vecindad se pondrán en campaña para su conquista. La elegida, desde el principio, será Jane Bennet. El amigo, el sr. Darcy, se siente atraído por Lizzy, sin embargo el prejuicio que siente hacia su familia hará que no se atreva a acercarse a ella e, incluso, aconsejará a Bingley para que no avance más en su relación con Jane. Todo lo demás tienen que averiguarlo ustedes mismos.

La novela, en sí, tiene mucho para descubrir, pero además está sazonada con un estilo tranquilo y ameno, con un fino humor y un gran acierto en las descripciones y en el análisis de ciertas circunstancias, con una ironía sutil y con otras características que han hecho a Jane Austen una de las escritoras más representativas de la literatura inglesa.

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