Releyendo a los clásicos: Garcilaso de la Vega

garcilaso-de-la-vega.jpgGarcilaso es mi poeta favorito. A mí, a quien la poesía le resulta extraña, poco atractiva, a quien un te quiero en un verso se le antoja flojo, insípido, casi molesto; cuando leo a Garcilaso, me emociono. ¡Cuánta pasión enardecida, cuánta dedicación a Galatea, cuánto amor, cuánta erudición en cada frase, cuánto dolor por la pérdida de su amada! Garcilaso me encanta. Fue un verdadero hombre renacentista, siervo de su oscura herencia medieval, hombre de armas y a la vez literato; es imposible no caer rendida ante personajes de la talla del toledano, caballeros heridos en mil batallas, pero con ánimo para rimar versos entre cada campaña militar. Declarado mi entusiasmo por esta figura de la literatura castellana, voy a intentar contagiaros mi enfermedad, la garcilasitis. Repasaremos su biografía primero, para situar mejor sus sonetos, canciones, elegías y églogas, y relacionarlas con los hechos vividos, cuya trascendencia en sus obras está más que probada.

Nuestro hombre nació en Toledo, cuna de sabios y eruditos (por ejemplo, la que escribe) que a lo largo de los siglos han preñado las páginas de la historia con sus recursos y metáforas, el año 1501 (1503 según otras fuentes). Fue el segundo hijo de una ilustre familia. Su padre, García Lasso de la Vega, estuvo sirviendo en la corte de Isabel y Fernando, y fue su embajador en Roma. El poeta perdió la figura paterna a la tierna edad de once años. Su madre, doña Sancha de Guzmán, señora de la villa de Batres, se encargó de que sus hijos recibieran una esmerada educación según la usanza de la época. Fue desterrado de Toledo en 1519 durante tres meses por participar en un alboroto civil en el que apoyaba al Concejo contra el Cabildo por un desacuerdo entre ambos por el patronazgo del hospital del Nuncio.

En 1520 fue nombrado contino del nuevo rey don Carlos de Austria, y enviado a Santiago de Compostela como procurador mayor de la ciudad de Toledo. Luchó contra los comuneros, ente los que se encontraba su hermano mayor, Pedro Laso de la Vega. Le hirieron en la batalla de Olías, en 1521, y fue a recibir al victorioso emperador Carlos I de España y V de Alemania. Entre 1522 y 1524 participó en la defensa de Rodas, a su vuelta, tras el fracaso de la expedición, fue nombrado miembro de la orden militar de Santiago, el emperador le concedió el hábito de Burgos, y don Pedro Álvarez de Toledo le armó caballero en Pamplona en 1523. Desde allí cruzó los Pirineos para participar en la campaña contra Francia en 1524.

En 1525 el emperador le casó con doña Elena de Zúñiga, rica y noble dama de Leonor de Austria, hermana de Carlos I, a la que Garcilaso no amó nunca, y se establecieron en casa de doña Sancha, en Toledo, pues al poeta lo nombraron regidor de la ciudad. En 1526, el emperador se casa con Isabel de Portugal, y Garcilaso acude a la boda, donde conoce a la que será la reina de su corazón a partir de ese día: doña Isabel Freire, dama de compañía de la nueva reina.


Pero Garcilaso permanece junto a su esposa por un tiempo y tienen tres hijos: Garcilaso de la Vega, Íñigo de Zúñiga y Pedro de Guzmán. Se le conoce otro hijo, éste ilegítimo, llamado Lorenzo. A pesar de cortejar a Isabel, ésta se casó en Toledo con don Antonio de Fonseca, dando lugar este acontecimiento a varios reflejos en la obra de Garcilaso: la Copla II (“Culpa debe ser quereros”) y la canción de Salicio en la Égloga I.

Pasó varios meses en Italia, donde se terminó de empapar del humanismo de la época, y a su vuelta fue enviado por la emperatriz a Francia para espiar la corte donde estaba instalada su cuñada, doña Leonor de Austria. A partir de este momento el caballero no volverá a vivir en España durante mucho tiempo. Porque como el rey había prohibido a su sobrino, hijo de Pedro Laso de la Vega, desposarse con Isabel de la Cueva, heredera del duque de Alburquerque, y Garcilaso había sido testigo de ese enlace secreto, fue desterrado de España a una isla del Danubio, y posteriormente estuvo en Nápoles como lugarteniente del virrey don Pedro Álvarez de Toledo. Su destierro duró varios años, pero luego volvió a disfrutar del favor real, en parte por las numerosas batallas en las que participó para defender los intereses del país. El 13 o 14 de octubre de 1536 murió Garcilaso a causa de las terribles heridas provocadas por piedras en una batalla. Unos años antes había sufrido al conocer el fallecimiento de Isabel Freire en 1533 motivado por el parto de su tercer hijo.

Juan Boscán, amigo y colaborador poético de Garcilaso fue quien recopiló y publicó toda su obra al morir el genial toledano. Añadió los escritos del amigo su viuda al editar en 1543 Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega, pues Boscán falleció en 1542. No sería hasta 1569 cuando los editores se convencieron de la calidad literaria de Garcilaso, por lo que comenzaron a editar sus poesías sin acompañarlas de las de Boscán.

vista-tradicional-de-toledo.jpgGarcilaso fue un poeta renacentista, y como tal sus obras están repletas de alusiones al Carpe Diem, o Colligo Virgo Rosas, como el soneto XXIII, en el que la sensación de movimiento constante producida por el viento que desordena los cabellos de la protagonista, recuerda el pasar del tiempo, que vuelve viejo lo que antes era joven. El amor cortés propio de la época también recibe atenciones por parte del poeta. Lo podemos constatar en muchos sonetos de Garcilaso, entre ellos el soneto V (mi favorito) o el X, tan famosos entre los amantes de la literatura medieval.

Las elegías clásicas eran generalmente quejas amorosas, mientras que las elegías de Garcilaso son más parecidas a las epístolas horacianas por su tono filosófico general y porque van dirigidas a personas específicas (ej. al Duque de Alba, su Elegía I, para consolarlo por la muerte de su hermano). La Elegía II está destinada a su amigo Juan Boscán, y es la más epistolar, comunicativa, en un sentido estricto.

Las églogas son poesías bucólicas, tan de moda en la época. Los personajes son pastores y ninfas que relatan sus amores y desamores mientras el río caudaloso, símil de la vida que transcurre, ofrece un escenario incomparable en el que las etéreas ninfas tejen con sus hilos el tapiz del destino. Mientras la Égloga II es bastante difícil de comprender por su tono y su carencia de marco narrativo, la I y la III son mucho más cercanas al lector. En la I, los dos pastores se lamentan, uno por la infidelidad de su amada, y el otro por la muerte de la suya, en clara referencia al casamiento de Isabel, y posteriormente su muerte, acontecimientos que marcaron la corta vida de Garcilaso de manera profunda.

Me permito la licencia de copiar en esta página el soneto que mejor refleja el amor incondicional, y a veces doloroso, que caracteriza la literatura del siglo XVI.

Soneto V
Escrito ´stá en mi alma vuestro gesto
Y cuanto yo escribir de vos deseo:
Vos sola lo escribistes; yo lo leo
Tan solo que aún de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto,
Que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
De tanto bien lo que no entiendo creo,
Tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
Mi alma os ha cortado a su medida;
Por hábito del alma misma os quiero;
Cuanto tengo confieso yo deberos;
Por vos nací, por vos tengo la vida,
Por vos he de morir y por vos muero.

Os dejo el enlace a las obras completas de Garcilaso en facsímil aquí.

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