Suite francesa, Irène Némirovsky.

Irène Némirovsky, la autora de esta excelente novela, huyó de Rusia con su familia tras la revolución de 1917. Con menos de treinta años comenzó ya una exitosa carrera como novelista, que fue reconocida por autores de la talla de Cocteau o Paul Morand. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial daría un giro drástico a su vida. Detenida por los gendarmes franceses en julio de 1942, sería enviada a Auschwitz, donde moriría asesinada un mes después. Su marido correría la misma suerte. Sólo sus dos hijas sobrevivirían, gracias a la ayuda de su tutora.

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Estos dramáticos acontecimientos quedan reflejados en la correspondencia que se incluye en el apéndice de la novela, en la edición de Salamandra de noviembre de 2005. En el apéndice se incluye otro apartado, también realmente interesante, en el que se recogen las notas manuscritas de la autora acerca de la estructura que quiere dar a su obra, como si estuviera componiendo una obra musical, una sinfonía, de ahí el título elegido por Némirovsky, acerca de los personajes, acerca de episodios concretos de la novela…

Estamos, por tanto, ante una novela que es a la vez reflejo del talento de una gran escritora y testimonio de un drama personal. De hecho, la obra se publica a título póstumo, como consecuencia del descubrimiento del manuscrito perdido de Irène Némirovsky, guardado en una maleta durante 60 años. Némirovsky ni siquiera llegó a conocer el final de la terrible guerra que para ella tuvo su punto y final en la pesadilla del campo de concentración de Auschwitz, el más tristemente conocido de los muchos que nos muestran y nos han mostrado hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano. Es además, por razones obvias, una novela incompleta. Su autora sólo escribió dos partes, Tempestad en junio y Dolce, de una obra que, según sus propias notas, debería haber contado en principio con tres más: Cautividad, ¿Batallas? y ¿La paz?

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La novela muestra con brillantez la reacción de la sociedad francesa ante la invasión alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, hecho que no se acababa de creer aquella sociedad burguesa incapaz de reaccionar ante la amenaza nazi. Los alemanes avanzan y los franceses emprenden la huida angustiosa y desordenada. Es el sálvese quien pueda, por encima de quien sea, caiga quien caiga, haciendo uso de cualquier medio que permita poner tierra de por medio, aunque sea a costa de la desgracia de los demás. Luego, consumada la invasión, llegará el odio hacia el invasor, los recelos, las acusaciones de colaboracionismo, y, cómo no, también el amor, que se abre paso a pesar de la guerra, que surge incluso entre invasores e invadidos.

La novela es, por tanto, una obra realista, que refleja a la perfección las reacciones sociales, las miserias y los miedos propios de todas aquellas familias que de la noche a la mañana deben lanzarse a la carretera para huir de las bombas. Pero es también una novela conmovedora, romántica, llena de sentimientos, y además es una novela bien escrita. Todo eso creado por alguien que estaba viviendo en primera persona el lado más cruel e inhumano del conflicto, el del genocidio, el de la persecución implacable, el de los campos de exterminio, y que, sin embargo, no escribe esta obra a modo de testimonio de ese horror, de denuncia, sino casi como un espectador u observador objetivo, con inquietud pero con calma, pues, como ella misma hace constar en sus notas manuscritas, ya que este país (Francia) me rechaza (debemos recordar que fue entregada a los nazis por la gendarmería francesa), considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida.

Hay quien afirma que esta novela carece de calidad literaria, y critica a la autora por centrar sus esfuerzos en hacer patente la cobardía de sus propios paisanos en vez de mostrarnos la implacable crueldad de los autores del holocausto. Respecto a lo primero, desde luego no nos encontramos ante lo que se suele calificar como una obra maestra, pero creo que es una buena novela, y que su calidad literaria es más que aceptable. En cuanto a lo segundo, ¿acaso no merecen reproche y desprecio quienes, sin participar activamente en el holocausto, miraron hacia otro lado y fueron incapaces o no quisieron arriesgarse a mover un dedo, a levantar la voz, cuando sus propios compatriotas eran conducidos a los campos de exterminio?. Eso es lo que quiere denunciar Irène Némirovsky en su manuscrito, eso es lo que denuncia, y no lo hace nada mal.

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