‘Una novela francesa’, de Frédéric Beigbeder

Muchos lo recordaran como uno de los últimos “enfants terribles” de la literatura contemporánea. Y es que Frédéric Beigbeder irrumpió en el mundo lector con ‘13,99 euros’, una casi estafa literaria que delataba la admitida polémica relación del autor con el mundo de la publicidad. Con ‘Ventanas sobre el mundo’, el francés aportó a la cosa de la letra impresa una voz madura, melancólica, emotiva y pegadiza. El autor habría hecho bien de haberla recuperado para este nuevo libro, ‘Una novela francesa‘, que nos vende como un intento de recuperar unos recuerdos de infancia que parece que se han mantenido lejos de su alcance.

El autor de '13,99 euros' nos cuenta ahora sus traumas infantiles

La excusa de Beigbeder a la hora de emprender la recuperación de su infancia perdida con su última novela es sencilla: la policía lo pilla cuando está a punto de incorporarse unas rayas de cocaína en su sistema respiratorio y lo traslada a un calabozo en el que el autor, desprovisto de todo lo que constituye su cotidianidad, empieza a creer que, como persona, tiene muy poca sustancia. Así, empieza a pasar revista a la vida que ha llevado hasta ese momento.

El proceso de recuperar la infancia perdida como método de autoafirmación lo es todo salvo nuevo
, en el campo de la literatura. Asociar el niño que se fue a la verdadera persona que se ha olvidado que se es tampoco resulta una novedad deslumbrante. Por este mismo motivo, la operación exhumadora de Frédéric Beigbeder se demuestra demasiado a menudo en la quiebra: y es que el texto no aporta la intensidad necesaria a cuanto se quiere transmitir, compartir, hacer sentir, exponer, dejar desnuda… la emoción.

En el ámbito de la formalidad, la estructura del libro -prólogo, epílogo y 43 capítulos en 158 páginas- ayuda a entender el porqué de esta fallida. El autor no se adentra con ganas en los eventos con los que construye su relato, sólo los esboza. En el ámbito de los contenidos, el conjunto adolece de desequilibrado: vista desde fuera, la vida de Beigbeder aparece como la de un niño bien que ha vivido en contacto constante con la franja alta de la sociedad francesa.

Es seguro que, como cualquier otra persona, el autor ha sido víctima de las dificultades inherentes a la gestión de los sentimientos. Se le debe admitir que esto se vislumbra en el relato, pero otorga tanta importancia a sus circunstancias -en detrimento de sus esencias- que hace fácil pensar que ha escrito con la tinta de la publicidad, no con la de la verdad.

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