Víctor Hugo: Una pluma para cambiar al mundo

“Las que conducen y arrastran al mundo no son las máquinas, sino las ideas”. Víctor Marie Hugo, el pensador al que se le atribuye esta certera reflexión, sin duda vivió a la sombra de dicha máxima. Afirmamos esto precisamente hoy, con la convicción que nos da mirar su vida y obra, 122 años después de su muerte. Tras aquel día, su último 22 de mayo, millones de franceses rindieron homenaje por largos días al poeta, novelista, político, e incluso pintor, que les abandonaba aquejado de una letal pulmonía. Desde entonces, sus restos descansan en el panteón de París junto a personalidades célebres de la talla de Voltaire, Rousseau ó Marat.

Victor HugoSus 83 años de existencia, le llevaron de Besançon, localidad donde nace el 26 de febrero de 1802, hasta la capital francesa. De allí, su adolescencia pasa a transcurrir entre Italia y España, acompañando a su padre, un militar de alto rango al servicio de Napoleón. Más, en la mente de aquel talentoso joven, la literatura se abría paso a gritos. Como resultado de aquella inquietud por las letras escribe, con tan sólo 14 años, el título, premonitorio sin duda, “Seré Chateaubriand o nada”, en alusión al diplomático y también escritor francés del que era un ferviente admirador. Con las ideas claras sobre su destino como literato, funda la revista “El conservador literario”. Escribe su primer libro de poemas, “Odas”, con unos 20 años y desde entonces su carrera artística pasa a centrarse en el movimiento literario que le dió fama universal: el romanticismo. Prueba de esto es el prefacio de su obra de teatro “Cromwell”. En dicho prólogo expone con ardor todo un manifiesto sobre el romanticismo literario, el mismo que muestra las cimas y las simas del ser humano y que nos recuerda que cada individuo es una moneda con la capacidad de mostrar caras totalmente contradictorias.

Con aquella visión tras la pluma, pasa a crear obras que permanecen indelebles en nuestra memoria e, incluso, después de su adaptación al celuloide, en nuestra retina. Obras como: “Hernani” (1830), “Nuestra señora de París” (con el jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda) (1831) y “Los miserables” (1862), entre muchas otras más, que conforman un inmenso haber en la literatura francesa del siglo XIX. Sin olvidar sus intensos discursos, que abarcan desde la abolición de la pena capital hasta la mejora en la condición de la mujer. Todo ello, unido a un convencido activismo político y social, le lleva a ocupar temporalmente la alcaldía de París, poco después al exilio por expresar su desacuerdo con Napoleón III y finalmente a ser diputado en la que fuera la III República. Queda claro que estas líneas son pocas para apenas trazar un tenue boceto de lo que esta mente libre llegó a representar para su época y la que vendría después. La razón de ser de aquella libertad de espíritu queda resumida en una de sus numerosas locuciones, con la que cerramos este pequeño recuerdo a su persona: “Ningún ejército puede detener la fuerza de una idea cuando llega a tiempo”.

Enlaces | Su obra en: Proyecto Gutenberg y Cervantes Virtual

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