Walter Scott

La novela histórica tuvo sus inicios en la obra del escocés Walter Scott, autor de muchos títulos que reflejaron el pasado de Escocia y de Inglaterra. Éxito y calidad son los componentes esenciales de la experiencia literaria de este autor, conocido por diferentes generaciones de lectores a través de su clásico Ivanhoe.

henry_james3.jpgWalter Scott siempre mantuvo su imaginación de escritor arraigada en el pasado histórico de Escocia y de Inglaterra. Precursora de la novela histórica inglesa fue Waverley (1814), publicada con el anónimo de “Por el autor de Waverley”. Con este texto el autor hace la transición del género de la poesía, que había cultivado con aciertos hasta el punto de haber sido nombrado poeta laureado de la corte, hacia la narrativa, un campo en el que su popularidad no decayó sino que, por el contrario, se acrecentó a pasos agigantados.

Waverley le abrió a Walter Scott las puertas de una carrera vertiginosa en la historia de la novelística inglesa. Por año comenzó a publicar dos o tres novelas, y cada vez que una de éstas salía a la luz pública, el hecho se convertía de inmediato en un acontecimiento nacional.

Waverley está inspirada en la revolución jacobita de 1745, que pretendía instaurar en Inglaterra a la exiliada casa de los Estuardos. Aquí Walter Scott hace una recreación de Escocia por medio de un retrato realista que confronta el mundo feudal decadente de los Highlands y la industrialización de Inglaterra durante la monarquía Hannover.

El público experimentaba una auténtica fiebre por la obra de Walter Scott. En esa época sus novelas eran lo que hoy en día se llama bestsellers, con la salvedad de que este autor era un hombre de letras en toda la extensión de la palabra y su obra tenía una calidad artística incuestionable.


Guy Mannering (1815), El anticuario (1815), Vieja contienda (1816), Rob Roy (1817), El corazón de Midlothian (1818), Ivanhoe (1820), Kenilworth (1821), Las aventuras de Nigel (1822), son algunas de las treinta y dos novelas que Walter Scott publicó en un lapso de tiempo de diecisiete años, siendo acogidas con fervor por sus cautivos lectores.

Sobre el éxito editorial de Las aventuras de Nigel, por ejemplo, quedó la constancia a través del mensaje escrito que el editor Archibald Constable le dirigió a Walter Scott: “Una novela del autor de Waverley, interrumpe, en otras palabras, tira por tierra, cualquier actividad literaria. El “Smack Ocean”, barco en el que ha sido enviada la carga, atracó en el muelle el domingo, se desembaló el envío por la mañana y antes de las diez y media ya habían sido repartidas 7000 copias de la distribuidora en Cheapside”.

La productividad sin pausa de Walter Scott le representaba en el año entre 10.000 y 15.000 libras, una cifra bastante alta para la época. La industria editorial salía siempre fortalecida con la tenacidad y disciplina que este autor excepcional le imprimía a sus compromisos literarios.

Muchos personajes históricos desfilaron por las páginas de las novelas de Walter Scott. Entre éstos se destacan Jacobo I, las reinas Isabel, María Estuardo, Carlos I y II, Luís XI, etc. Igualmente en sus historias ficcionadas era recurrente que aparecieran los conflictos entre Iglesia y Estado, entre nobles y reyes, sarracenos y cristianos, jacobinos y hannoverianos, como una manera de no deslindarse de los procesos y las transformaciones sociales y los períodos de transición histórica.

84-261-3567-6.jpgIvanhoe es una de las novelas de Walter Scott que yo catalogó entre las mejores que salieron de su febril imaginación. Nueve títulos le precedieron y aunque en su momento todas tuvieron una resonancia semejante, ésta le dio fama imperecedera a su autor. Entre unos datos aportados por la leyenda, y otros por el pasado histórico, Walter Scott urdió una trama de aventuras que ha sido el deleite de varias generaciones de adultos, jóvenes, y niños. El héroe de esta gran novela se llama Wilfred de Ivanhoe, un caballero leal al servicio del Rey Ricardo Corazón de León. Cuando Ivanhoe regresa a Inglaterra, luego de combatir en Las Cruzadas, encuentra que el poder ha sido usurpado por Juan Sin Tierra y que el legítimo Monarca está secuestrado. Walter Scott elabora un cuadro romántico insuperable con unos personajes identificados con claridad asombrosa, como Rebeca, un retrato femenino muy auténtico, y toda una gama de personajes secundarios como soldados, pobres, campesinos, bandidos, etc.

Walter Scott nació en Edimburgo en 1771. En su infancia sufrió una parálisis en sus piernas, que le dejó una cojera de por vida. En los días de su enfermedad compartió con sus abuelos paternos en Sandyknowe, lugar donde con frecuencia escuchó historias y leyendas sobre la libertad de la antigua Escocia que, sin duda, fueron las primeras influencias en su obra. Su padre era abogado, y él mismo eligió estudiar esta carrera que años más tarde le serviría para ser nombrado como ayudante del Sheriff en Selkirk. Otras de las pasiones del autor de Waverley fue componer baladas y romances épicos. Su habilidad como traductor quedó demostrada cuando tradujo a Goethe. Walter Scott se casó con Charlotte Carpenter, hija de un francés refugiado en Escocia. Se dice que esta unión fue la consecuencia de una decepción amorosa de la que no se repuso en toda su vida. El 21 de septiembre de 1832, muere después de haber sufrido sucesivos ataques.

Del cuento La cámara de los tapices transcribo para los lectores de Leergratis.com una de las más bellas descripciones literarias hechas por Walter Scott: “El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas señales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distinguían, entre abundantes robles venerables y el enmarañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes reformas durante la época isabelina y la de los reyes siguientes”.

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