La bestia humana, de Émile Zola, cuando la narrativa se hizo científica

No es buena idea someter a la Literatura a las reglas de la Ciencia. Sin embargo, algo así pretendía Émile Zola al crear el movimiento naturalista. Menos mal que su calidad como escritor refrenó sus teorías. ‘La bestia humana’, perteneciente al ciclo de ‘Los Rougon-Macquart’, presenta una intriga de asesinatos y pasiones.

No resulta, a priori, una buena idea someter al Arte a los mismos esquemas que se utilizan para la Ciencia. Ésta se basa en la experimentación y en la demostración empírica de los hechos mientras que aquél es expresión del espíritu y la sensibilidad humana. En consecuencia, la Ciencia es objetiva, a diferencia del Arte, que es fruto de la subjetividad del creador. Y, puesto que la Literatura pertenece a éste, debe cumplir con sus presupuestos.

Sin embargo, hubo un momento –segunda mitad del siglo XIX- en que las letras quisieron equipararse a lo científico. Es lo que se conoce como Naturalismo y su teórico fue el francés Émile Zola (París, 1840-1902), cuyo esfuerzo creativo solo es comparable al realizado por Honoré de Balzac con su ‘Comedia humana’. Por fortuna, era demasiado buen escritor como para seguir al pié de la letra sus propias tesis.

'La bestia humana' se desarrolla en Le Havre

'La bestia humana' se desarrolla en Le Havre. En la foto, esa ciudad vista por el pintor Claude Monet.

Porque el Naturalismo de Zola se basa en los principios positivistas de la medicina experimental y, en consecuencia, propugna explicar la conducta humana igual que se describe el comportamiento de una bacteria. Según sus ideas, el ser humano se halla sometido a unas leyes naturales que marcan su vida. Este determinismo es, fundamentalmente, de dos tipos: genético y social y el papel del novelista, por tanto, debe limitarse a registrar con absoluta impersonalidad la conducta del individuo con una finalidad terapéutica: conocer las causas de ese comportamiento para reconducirlo hacia el Bien.

Afortunadamente, Zola tenía demasiado talento como para aplicar estas teorías de forma estricta y sus obras, aunque siguen algunos de sus puntos, poseen una excelente calidad literaria. El grueso de ellas se agrupa en ‘La saga de los Rougon-Macquart’, cuyo subtítulo expresa claramente su intención: ‘Historia natural y social de una familia durante el Segundo Imperio’. Pretendía, en suma, mostrar los efectos que, en una familia imaginaria, tendrían las taras genéticas y los condicionamientos sociales.

A ella pertenece ‘La bestia humana’, publicada en 1890. Roubaud es el subjefe de estación de Le Havre y está casado con Séverine, una muchacha huérfana que ha crecido apadrinada por Grandmorin, presidente de la compañía de ferrocarriles. Al descubrir que éste ha violado a su esposa cuando era adolescente, decide matarlo. Sin embargo, un maquinista llamado Lantier presencia el crimen y, para que no hable, el matrimonio se convierte en su amigo. Es entonces cuando aflorarán los remordimientos de Roubaud y las malas pasiones de sus dos compañeros de secreto. Aunque los rasgos naturalistas están presentes, se trata de una muy buena novela y es que Zola era demasiado buen escritor como para seguir sus propias tesis.

Fuente: Online Literature.

Foto: Gamillos.

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