‘Viento del norte’, de Elena Quiroga

Con esta novela, ambientada en la Galicia rural y primitiva al modo de Pardo Bazán, la escritora obtuvo el Premio Nadal en 1951.

Pazo Urzaiz Cadaval

En la Literatura Española, hemos contado con grandes escritores que han sabido reflejar esa Galicia histórica y profunda dominada por fuerzas atávicas y tradiciones seculares. Inolvidables, en este sentido, son novelas de Emilia Pardo Bazán como ‘Los pazos de Ulloa’ y su continuación ‘La madre Naturaleza’ o la peculiar visión que de su tierra nos mostró el no menos original Ramón del Valle-Inclán en obras como ‘Divinas palabras’, tan cercana a su estética del esperpento. Y, en una línea más fantástica, los relatos de Wenceslao Fernández Flórez y Álvaro Cunqueiro.

Esa tradición fue seguida en los años cincuenta del siglo XX por Elena Quiroga (Santander, 1921-1995) que, si bien nació en Cantabria, era de familia gallega y vivió muchos años en La Coruña. Toda su producción novelística pertenece a esa época de mediados de la centuria pasada.

Se dio a conocer en 1949 con ‘La soledad sonora’, donde narra la vida de una mujer desde su adolescencia hasta su madurez. Pero la consagración le llegó con ‘Viento del norte’, que le proporcionó el Premio Nadal en 1951. Tras ella, vendrían ‘La sangre’, ‘Algo pasa en la calle’, ‘La enferma’ o ‘Tristura’, hasta completar una decena de novelas que le granjearon fama en su época. Todas ellas se inscriben dentro de un realismo tradicional, ajeno a las corrientes sociales y, más tarde, experimentales que por esos años se dieron en la narrativa española. En 1983, ingresó en la Real Academia de la Lengua (con un discurso, precisamente, sobre Álvaro Cunqueiro), donde realizó una interesante labor.

Como decíamos, ‘Viento del norte’ fue su segunda novela. Nos traslada a la Galicia rural, donde vive Álvaro, un veterano aristócrata de gustos intelectuales que no entiende las estrictas divisiones jerárquicas que se dan en la sociedad de su tierra. Es atendido por la vieja Ermitas y ha acogido en su casa a Marcela, una muchacha a la que la gente desprecia por ser fruto de una relación extramatrimonial.

Con el tiempo, Álvaro se enamora de la joven y, a pesar de que ésta no le corresponde, se casa con ella. Se inicia así una relación desigual pero no por la manida diferencia de clase sino precisamente -y éste es un acierto de Quiroga- por la falta de correspondencia de Marcela, que sitúa al veterano aristócrata en una posición de inferioridad. Además, nuevos acontecimientos darán un inesperado giro a la trama. Se trata, en suma, de una novela muy estimable en la que brilla la prosa lírica de la autora, hoy injustamente poco recordada.

Fuente: ‘El País’.

Foto: Hombre de Hojalata.

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