Ernesto de la Peña o el afán de conocimiento

El pasado día diez de septiembre falleció en su casa de Ciudad de México Ernesto de la Peña, uno de los más prestigiosos intelectuales de la cultura hispanoamericana actual. Tan sólo unos días antes, había recibido el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

Ernesto de la Peña pertenecía al Instituto de Bellas Artes

Sede del Instituto Mexicano de Bellas Artes, de cuyo Consejo formaba parte Ernesto de la Peña

El pasado día diez de septiembre falleció en su casa de Ciudad de México el erudito Ernesto de la Peña. Tan sólo cuatro días antes había recibido el prestigioso Premio Internacional Menéndez y Pelayo, que, por su avanzada edad y delicada salud, no pudo acudir a recoger y le fue entregado en una ceremonia celebrada en su país. Con él, se reconocía su curiosidad infinita de conocimiento, al que concebía como algo que “ayuda a vivir; le da, en la medida de lo posible, cierto sentido a la vida”.

Nacido en el propio México D. F. el veintiuno de noviembre de 1927, con seis años aprendió el alfabeto griego –”no entendía nada pero lo leía de corrido”, reconocía con humor en una entrevista reciente en televisión- y, poco tiempo después, utilizó la ‘Biblia’ como medio para “aprender idiomas”. No en balde, sabía sanscrito y chino, además de tener nociones de otras treinta y tres lenguas.

A la Literatura, sin embargo, llegó un poco más mayor: fue durante la adolescencia cuando se aficionó a ella gracias a las lecturas de Julio Verne, Dumas o Emilio Salgari. Pero la Música fue también una pasión infantil que le llevó a adorar a Wagner. De hecho, era miembro del Consejo de la Ópera del Instituto Nacional de Bellas Artes. Igualmente, pertenecía a la Academia Mexicana de la Lengua y había recibido numerosos galardones como el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la Lingüística, la Medalla de Oro de Bellas Artes, el Xavier Villaurrutia o la Medalla Mozart.

Entre sus obras literarias, cabe citar ‘Las estratagemas de Dios’, ‘Las máquinas espirituales’, ‘El indeleble caso de Borelli’ o ‘La rosa transfigurada’. Asímismo, colaboró en numerosos programas culturales de televisión y tradujo numerosos textos clásicos. En palabras del también escritor mexicano Jorge Volpi, De la peña fue “erudito afable, traductor agudo, feroz amante de la ópera, lúcida compañía radiofónica…”.

La noticia de su fallecimiento fue transmitida el pasado lunes por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (CONACULTA), que resaltó su afán de conocimiento y su concepción de éste como parte esencial de la existencia humana. Sin duda, era De la Peña uno de los grandes intelectuales de la cultura hispanoamericana actual. Descanse en paz.

Fuente: ‘El País’.

Foto: Isabelle y Stephane Gallay.

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