Ángeles, sombras y cementerios de libros

El enfrentamiento con una segunda obra siempre es complicado, sobre todo si esa primera obra fue un éxito tan descomunal como el de La Sombra del Viento, uno de los fenómenos literarios de los últimos años en Europa.

El juego del Ángel

El juego del Ángel

Sí, seguro que tiene que ser complicado. El dilema al que se enfrentaba Ruiz Zafón residía en la inevitable duda sobre si continuar con la línea previa o romper con esa senda. Al final eligió continuar.

El juego del Ángel retoma varios de los elementos fundamentales de su predecesora, algunos de ellos de manera literal, como el Cementerio de los libros olvidados, la Barcelona de posguerra, la trágica relación paterno-filial o el amor adolescente arrastrado a lo largo de toda una vida.

Eso provoca que con cada página que pasamos terminemos por buscar lo que su primer libro nos ofrecía. Ese es el principal problema. Uno tiene la sensación de buscar un libro distinto al que está leyendo, perdiéndose quizás las virtudes del que tiene entre las manos.


Esa falta deba, probablemente, anotarse en el debe del autor, ya que esa elección fue suya. Eligió  continuar en ese punto, plantear un ambiente, unos personajes, una trama, que muy fácilmente podría ser hermana, situarse unas calles más abajo que la de La Sombra del Viento, lo que lleva continuamente a las similitudes. Pretendido o no, la sensación es que se está leyendo la misma historia, pero con pequeñas variaciones.

Si conseguimos dejar atrás ese aspecto y nos centramos en las páginas frente a nosotros, las virtudes narradoras de Carlos Ruiz Zafón vuelven a destacar. Destaca su facilidad para mantener un ritmo ágil, que permite engullir páginas y páginas sin riesgo de indigestión alguno.

Cierto es que sabe cómo preparar las escenas de suspense, jugando con la magia de lo que parece estar presente, pero no termina de mostrarse. Innegable es también que su escritura comparte rasgos de los escritores de best Sellers, una adjetivación en ocasiones sorprendente y giros no habituales, pero no tan graves como para romper el ritmo de lectura.

Donde más carencias muestra la obra es en el cierre de la trama. La recurrencia a un toque excesivamente mágico, no corresponde con el planteamiento de la obra, algo que ya ocurría en la Sombra del Viento. Algo así como si el autor rompiera el pacto establecido durante la lectura del libro para salir por un lado distinto. ¿Un ejemplo explicativo? Se me ocurre uno.

Es algo así como cuando uno juega con un niño pequeño a indios y vaqueros y, cuando lo tienes ya acorralado, de repente el pequeño te descubre su capa anti todo y su nave espacial con la que escapa. Creo que el ejemplo es válido. Una rotura de las reglas del juego, pero que se perdona porque no deja de ser un niño y hemos pasado un buen rato.

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