La lección del maestro, de Henry James, el sacrificado oficio de escritor

El norteamericano afincado en Inglaterra Henry James fue un excepcional novelista muy dado a los contrates en sus obras. El más famoso de ellos es, precisamente, el que se da entre británicos y estadounidenses. En la lección del maestro, sin embargo, realiza un ejercicio de metaliteratura para reflexionar sobre la vocación del escritor.

A veces, dedicarse a la literatura supone renunciar a muchas cosas. Basta recordar a Honoré de Balzac enclaustrado durante horas para componer su Comedia humana o a Edgar Allan Poe envuelto en sus delirios creativos para darse cuenta.

Y es que la labor del escritor, en ocasiones, requiere sacrificio. Bien es cierto que sólo en ciertos casos, pues, en otros, es más el tiempo que ocupan en la vida bohemia que en su tarea literaria.

Foto de Rye (Sussex), donde James vivió sus últimos años

Rye, en el condado de Sussex, donde James pasó sus últimos años

Sobre esta cuestión reflexiona el norteamericano Henry James (Nueva York, 1843-1916) en su novela breve La lección del maestro. Se trata, por tanto, de un ejercicio de metaliteratura, es decir, del análisis de cuestiones literarias dentro de una obra narrativa.

Podría calificarse a James como un novelista de contrastes. Generalmente, sus personajes se hallan ante una disyuntiva y deben optar por uno de los dos caminos que se les ofrecen. Pero, probablemente, la muestra más lograda de ello sea la yuxtaposición que establece entre norteamericanos y europeos. Él, que desde 1875 se instaló en Europa, conocía muy bien ambos mundos y gustaba de oponer a los primeros, inocentes y un poco toscos, a los segundos, refinados y un tanto maleados por la experiencia.

Como decíamos, en La lección del maestro, la dicotomía que se establece se basa en el oficio de escribir. Un joven autor ansía conocer a un maestro consagrado de nombre Saint George. Lo consigue a través de una joven y rápidamente se establece una relación de dependencia: el maestro lo adopta como discípulo para guiarlo en su labor. El primer consejo que le da es que, si realmente desea triunfar en el mundo literario, debe renunciar a todo y centrarse en su creación.

Sin embargo, tras esta admonición se oculta algo más perverso. Ambos hombres disputan por el amor de la muchacha y el maduro Saint George desea eliminar a su adversario.

Pero, sobre este triángulo amoroso, se eleva una visión del oficio de escribir como vocación sublime a la que debe entregarse incluso la propia vida. Puede parecer descabellado pero algo de renuncia hay en la propia trayectoria de Henry James, autor prolífico que trabajaba y pulía sus escritos hasta lo obsesivo.

Fruto de ello es un estilo exquisito y denso que, a veces, convierte sus obras en creaciones de difícil lectura, a lo que también contribuye su gusto por la introspección psicológica de los personajes. Por algo se le considera precursor del monólogo interior que más tarde perfeccionarían autores como James Joyce.

Podéis leer la obra aquí.

Fuente: Al Margen.

Foto: Rye (Sussex): Alan Simskins en Geograph.

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