Tres caras de literarias de Nueva York

Tres pequeñas novelas conforman la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, con tres historias semejantes y a la vez muy dispares que tienen en común un mismo personaje, la ciudad norteamericana y narraciones que rozan al límite la realidad.

Ciudad de Cristal de Paul Auster

Ciudad de Cristal de Paul Auster

Hay autores, escritores en este caso, que eligen unos puntos centrales sobre los que van a asentar su obra. Elementos que van a estar siempre, de una manera u otra, presentes en sus libros. Más o menos transformados, más claros a veces y más difuminados en otras, pero siempre ahí, como esa sombra en el rincón que nunca se aleja.

La trilogía de Nueva York podría ser la radiografía exacta de lo que significa Paul Auster como escritor. Tres pequeñas novelas, tres historias, tan semejantes que podrían ser las tres caras de una moneda imposible, pero tan diferentes en su aspecto gracias a la genial técnica narrativa del escritor estadounidense.

Tres relatos en los que una triple representación del mismo personaje (varón, blanco, de Nueva York, con ambiciones literarias) se ve enfangando más y más en historias que rozan el límite de la realidad, jugando (¿dudando?) sobre el sentido mismo de la identidad y los papeles que representamos en el día a día.

En la primera novela, Ciudad de Cristal, a Daniel Quinn, escritor de novelas policíacas, la persona que le llama por teléfono lo confunde con un detective y le encarga un caso. El protagonista, atraído por la posibilidad de jugar a ser otro, se mete de lleno en su nuevo papel, para acabar envuelto en una realidad espesa de locuras y extrañas relaciones familiares. Una vez dentro, se dará cuenta que salir siempre es mucho más complicado que entrar.

La segunda novela, Fantasmas, Paul Auster invierte la trama. Un detective privado recibe el encargo de vigilar a un escritor, sentado, invariablemente, a la mesa junto a la ventana. Paso a paso, ambos juegan al escondite en un pedazo de la ciudad, casi congelado en el tiempo y ajeno a sus habitantes.

Por último, en La habitación cerrada, el protagonista se ve obligado a enfrentarse a la vida y recuerdos de un amigo de la infancia al recibir una carta de la mujer de éste explicándole que ha desaparecido misteriosamente. A partir del encuentro con el fantasma de los actos de su amigo, el protagonista deberá sacar a relucir muchas cosas, sobre su amigo y sobre él mismo.

Tres ejemplos de la tremenda calidad narrativa de Auster, una oportunidad de entrar en su universo para comprobar los juegos de espejos, luces, sombras y símbolos en una realidad aparentemente sencilla, pero que guarda un reverso inquietante, casi incómodo. Un reverso apasionante.

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