Blancanieves o la princesa de lo insípido

Blancanieves, en la versión de los hermanos Grimm, es uno de los cuentos tradicionales más conocidos. Además, fue llevada a la pantalla por Walt Disney. Sin embargo, si analizamos detenidamente los temas de los relatos tradicionales, descubres infinitud de prejuicios y signos culturales de la época.

Vanidosa, asesina y caníbal... ¿alguien da más para una madrastra?

Antes de que los hermanos Grimm inmortalizasen en su libro de 1857 la versión “definitiva” de Blancanieves, podemos rastrear los antecedentes de este cuento de hadas en los escritos que realizaría el italiano Giambattista Basile en el siglo XVI. Jacob y Wilhem Grimm se encargaron de recolectar en sus libros fuentes de la cultura oral, no solo alemana, sino también proveniente del resto de Europa. Me aventuro a afirmar que todos conocemos el argumento de Blancanieves, sobre todo a causa de la adaptación para el cine producida por Walt Disney en 1937. Hasta hoy nos llega esta visión moderna de un relato al que, pese a no distar mucho de la versión de los Grimm, sí se le ha pasado la “pátina Disney”. Y todo con tal de evitar el convertirse en los causantes de generaciones de niños (aún más) traumados por los relatos populares.

La genealogía de una obra tan popular como es Blancanieves es fácil de rastrear, así que dejemos las fechas y los tediosos datos a un lado, y vamos a divertirnos. Sería interesante analizar las implicaciones escondidas tras el cuento, aquello de lo que nos habla aún cuando pensamos que no lo hace. Como niños, no teníamos el privilegio de poder diseccionar nuestros referentes. Ahora que somos adultos… ¿quién nos impide hacerlo? Yo considero que Blancanieves es una obra que habla de las mujeres desde un punto de vista eminentemente masculino. Y no precisamente porque los dos personajes principales sean féminas, ya que los varones ganan en número (¡siete enanitos!), pese a ser de dimensiones un tanto más reducidas.

El estatuto de la mujer en la época queda inscrito a fuego en el texto. Hay que recordar que, a diferencia de otras heroínas de los cuentos de hadas (véase la Sirenita o Barba Azul), Blancanieves no tiene voluntad alguna de desafiar el sistema patriarcal. Podemos decir que pertenece al estatuto de las princesas domésticas y durmientes, como la tediosa Bella Durmiente o la incomprensible Cenicienta. Así, cuando una desvalida y aterrorizada chiquilla llega hasta el lugar donde viven los enanos, éstos le permiten permanecer en la casa a cambio de que realice todas las tareas del hogar y cuide de ellos. De repente, Blancanieves abandona el nido. Pasa de ser princesa y privilegiada, a convertirse en una madre y empleada doméstica a tiempo completo para seis hombres incompletos. Si fuesen varones robustos, a la inocente Blancanieves se la calificaría de cualquier cosa, menos de madre.

Inocencia y aburrimiento en estado puro

La maternidad mal entendida se ejemplifica a través de la madrastra, que sufre de envidia intergeneracional. El prejuicioso cliché sobre la competencia entre mujeres, para alcanzar el beneplácito masculino, es llevada hasta límites insospechados, incluso hasta el crimen. No olvidemos que la reina lucha por la belleza, es decir, lucha contra el paso del tiempo. La pugna por la eterna juventud es uno de los mitos universales, al tiempo que uno de los quebraderos de cabeza de alquimistas… y empresas cosméticas. Resulta de lo más revelador situar a la mujer en medio de la temporalidad, suspenderla en el tiempo sin que su belleza cambie ni un ápice. El idealismo de la mirada tiene su punto álgido en el personaje de Blancanieves, que queda impolutamente guardada en un ataud de cristal, insensible al paso de los años, como la Bella Durmiente.

No hay que olvidar el hecho de que la madrastra sea, en el fondo, una bruja de armas tomar, teniendo la cualidad de metamorfosearse y de hablar con espejos. Además de ser retratada, en la versión de los hermanos Grimm, como practicante de canibalismo y antropofagia, al tener la intención de comerse el corazón de su joven y dulce víctima. La brujería serviría para demonizar a las mujeres “malas” y demasiado preocupadas por ellas mismas. Las vanidosas recibirán siempre un merecido castigo y, en este sentido, el cuento de Blancanieves no iba a ser menos. Finalmente, la madrastra será condenada a calzarse unos zapatos de metal al rojo vivo y a bailar con ellos hasta caer, rendida y moribunda, al suelo.

En los (extrañamente) llamados “cuentos de hadas”, la humillación y el castigo son una tónica constante. Y si, además, se infligen sobre mujeres demasiado llamativas, vanidosas, totalitarias, mandonas y ajenas a la masculinidad, mejor que mejor. Aunque parezca mentira, en ocasiones truinfa lo insípido.

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