Cuadernos de Temuco

Cuadernos de Temuco reúne decenas de poema inéditos de la juventud de Pablo Neruda. El premio Nóbel de literatura chileno, que junto al peruano César Vallejo y al nicaragüense Rubén Darío, representa los tres punto cardinales de la poesía latinoamericana, parece que se niega a morir (o por lo menos a dejar de escribir), por suerte.

Cuadernos de Temuco no es un libro más de Neruda (ningún libro de Neruda es un libro más). Pero éste es una curiosidad, ya que recopila poemas inéditos de un jovencísimo Neruda, poemas escritos a los 15 y 16 años.

Los manuscritos, que han sufrido sus avatares, sus peripecias, hoy por fin han llegado hasta nosotros, han llegado a ser publicados. Es difícil saber si Neruda hubiera aceptado la publicación de estos poemas. En vida nunca los publicó. “Cuando me muera van a publicar hasta mis calcetines” había dicho y tuvo razón.
Lo que sucede con esto de manuscritos perdidos de grandes escritores es lo siguiente: preferimos la repetición de algo bueno antes que explorar lo desconocido. (El miedo a lo desconocido). Preferimos leer algo más de un escritor que nos ha causado placer antes que ponernos a investigar-leer a un escritor desconocido. Por este motivo es que a algunos escritores se les publica todo lo que han escrito, incluso borradores, apuntes, obras sin terminar, ideas, textos que han desechado (hasta la lista del supermercado se les publicaría si se encontrara).

Cuadernos de Temuco reúne una enorme cantidad poemas escritos por el joven Neruda. Los poemas poseen muchos aspectos interesantes. Para empezar, poseen gran interés para los estudiosos del poeta. Investigadores, licenciados en letras, críticos encontrarán aquí material para nuevos estudios, nuevos enfoques, podrán rastrear la genealogía de algunos temas, la evolución del estilo.
Para los seguidores-admiradores-fans de Neruda la ocasión se presenta como un encuentro más emotivo que estético con los primeros versos de un escritor que los ha acompañado en horas de soledad o recogimiento (en cierto modo es como encontrarse con Neruda adolescente, uno siente la tentación de agradecerle por lo que va a escribir…).
Otra opción es tomar al libro como cualquier otro del autor.



Pero estos poemas de juventud de Neruda poseen similitudes y diferencia con los del Neruda adulto (como si fueran dos personas distintas más que el devenir de un ser). Una “similitud” (la primera, la única, la clave) es que a los 16 años Pablo Neruda ya era poeta (esto que parece una afirmación de la sensibilidad es tan real como la literatura). Ser poeta es una condición (o un mal) que se posee o no, se es o no se es poeta, la poesía es fácil o imposible (Dolina) y a Neruda la poseía le brotaba como la lluvia del cielo. (Alguien dijo que Neruda era “un gran, gran, gran… mal poeta”. Incluso quienes lo criticaban no dudan de su condición de poeta).

La “diferencia” entre el adolescente y el hombre (dicho de forma casi brutal) es que el joven Neruda era triste (pálido, oscuro, ensombrecido y dolorido) y Neruda es vital, firme, camina, seguro de sus seguridades, amante de la vida.


Más allá de estas similitudes y diferencia, encontramos en esta obra de juventud los errores (ojalá yo pudiera cometerlos) propios de la inexperiencia: hay muchos barroquísmos (Neruda nunca fue muy clásico), algunas torpezas (para ser de su autoría si fueran mías las consideraría grandes hallazgos), imprudencias, candorosos neologismos. También hay grandes aciertos: en todo el poemario sólo hay un nombre mujer (eso es sabiduría). Su endiablado sentido del ritmo. La musicalidad de sus versos.

En el aspecto formal, la mayoría de los poemas tienen la estructura de un soneto. Y hay muchos otros en los que el soneto anda juegueteando por allí (o es Neruda el que juega con el soneto? Lo desrama, lo estira, lo corta, lo cambia, y lo rearma inventando algo nuevo). Un aspecto que me llamó la atención y que está relacionado con el costado sombrío del joven Neruda que aparece a luz en los poemas de Cuadernos de Temuco, son la aparición recurrente de una serie de palabras-temas poco frecuentadas luego en la poesía de su madurez: amargura, veneno, soledad, tedio, abismo, el mal.

En el conjunto de los poemas, sorprende más que la calidad de los poemas, la madurez de este muchachito, que habla, escribe y siente como si hubiera recorrido el mundo (y el amor) y estuviera de vuelta (aunque sea sólo una pose, el resultado es excelente). A la edad en que los muchachos están más interesados en el fútbol, las bromas pesadas y las urgencias del cuerpo, Neruda ya trataba los temas más profundos de la condición humana. Cuando tenía 16 años escribía versos que sus compañeros recién podrían leer cuando llegaran a la edad de las canas y las reflexiones. Por ejemplo:

Cansancio I

Dejar fecundamente clavado el corazón.
Para qué rebeldías? Para qué sufrimientos?
Elevemos más grande nuestra eterna canción
en el molde callado de los propios momentos.

Los pájaros ignaros sigue el rumbo eterno
y nosotros humildes, seguiremos también,
nos blanqueará el cabellos la nieve del invierno,
la racha más helada nos herirá la sien.

Para qué sufrimientos. Para qué rebeldías?
Tendrá que helar huesos la racha del dolor,
fatalmente tendremos que sentir que no ardía
eterna, eternamente nuestro primer ardor.

Estos manuscritos pasaron por los avatares característicos de este tipo de textos: cambios de dueño, extravíos, desapariciones, negaciones, mutilaciones, disputas por su propiedad y control (en este caso, entre Matilde Neruda y algunos estudiosos y difusores de la obra de Neruda que se creían con los mismos derechos que su viuda), y han tenido que luchar contra su enemigo más fuerte: el resto de la obra nerudiana. Como otras tantas veces, quien ha resultado vencedora de esa contienda no ha sido otra que La Poesía.

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