Del “dictator” a “l’état de siége” (I)

En la historia de la Antigua Roma, desde su fundación en 753 a.C. – según la conocida leyenda de Rómulo y Remo – hasta la caída del Imperio en 476 d.C. – el Imperio Bizantino perdurará hasta la caída de Constantinopla en 1453 – son sin duda los acontecimientos ligados a la vida de sus Emperadores – novelados y llevados al cine reiteradamente – los más conocidos por todos. Desde que Cayo Julio César Octavio Augusto (César Augusto) se proclamara Emperador, se inicia una etapa de expansión y esplendor de Roma, la época Imperial, que finalizará tras las invasiones bárbaras, que pusieron el punto y final al ya dividido Imperio romano.

Romulo y RemoSin embargo, no es menos conocido que a esa etapa Imperial precedió otra, la de la República, que realmente puso los cimientos que llevó a Roma a ser un Imperio que abarcará desde Gran Bretaña hasta del desierto del Sahara y desde la península Ibérica hasta el Éufrates.
La República, cuyas instituciones principales eran el Senado, las magistraturas y el ejército, constituyó un sistema de gobierno eficaz y adecuado para la Roma ciudad-estado durante varios siglos – su declive se inicia en el siglo I a.C.
Precisamente la gran expansión que esa pequeña ciudad-estado sufrió en relativamente poco tiempo hasta convertirse en la dueña del Mediterráneo y de medio mundo condujo inevitablemente a una crisis de ese sistema de gobierno, con constantes revueltas y guerras civiles, que acabó finalmente con la abolición de la República.

Sirva esta introducción histórica para recordar que, ya durante aquel periodo histórico de la República romana, entre las instituciones políticas de la misma encontramos la figura del dictator, que ha dado denominación a la actual figura del dictador, asociada inevitablemente a la ausencia de libertades y derechos de las que gozamos en las modernas democracias.

Pero la figura del dictator no tenía en principio en la Antigua Roma estas connotaciones características de las dictaduras más conocidas del pasado siglo y de las que hoy en día coexisten con las modernas democracias.

Al contrario, se trataba de una autoridad extraordinaria, designada en momentos de especial gravedad, sobre todo ante situaciones de guerra, para garantizar precisamente la salvaguardia de la República, de manera que, solventada esa situación de crisis, el gobierno volviera de nuevo al Senado.
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Así, el dictator era nombrado por uno de los Cónsules, previa autorización del Senado, por un período de tiempo determinado, y con atribución extraordinaria de poderes, si bien no podía disponer del Tesoro Público sin previa autorización, ni abandonar Italia, y estaba obligado a rendir cuentas de sus actos tan pronto terminaba en el ejercicio de su autoridad.

Sin embargo, la concentración casi absoluta de poderes en manos de un solo individuo, ayer como hoy, conlleva sin duda un alto riesgo, que tarde o temprano deriva en el abuso de autoridad y en la tiranía, de manera que el dictador inicialmente designado para gobernar temporalmente y devolver el poder una vez solventada la situación de crisis para las instituciones del Estado, se niega a devolver ese poder y lo transforma en cargo vitalicio. Más todavía cuando ese poder se obtiene por la fuerza, aun cuando inicialmente se acuda a la excusa de la salvación de las instituciones y en última instancia del Estado.

Así sucedió en Roma, donde tras una inicial aplicación normal y exitosa de esta institución (Tito Larcio, Postumio Cincinato, Camilo y Papirio dejaron el cargo antes de expirar el plazo concedido para el ejercicio del cargo de dictador), Lucio Cornelio Sila se hace nombrar dictador de forma indefinida (aunque abandona el cargo dos años después) y Julio César se hace asimismo nombrar dictador vitalicio, hecho que, entre otros, motivó su asesinato.
Su sucesor, Octavio Augusto, inicia una nueva etapa, la del Imperio. Huye de la antigua denominación de dictador, pero da inicio a la larga sucesión de Emperadores de Roma, de gobierno autocrático, cerrando definitivamente el periodo republicano.

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