La escritura en la América hispánica

El origen de la literatura de Hispanoamérica está ligado a la política, pues los hombres que construyeron sus respectivas patrias, fueron los mismos que tomaron sus plumas para expresar las realidades del nuevo mundo emancipado de España.

Andrés BelloLa literatura hispanoamericana fue política en sus orígenes, pues cada nacionalidad lo que hizo fue expresar su propio momento histórico después de la emancipación de España.

El nacimiento de un nuevo mundo surgido de la independencia permitió a los mismos hombres que enarbolaban las banderas políticas que empuñaran las plumas para trasladar sus respectivos discursos a la escena literaria.

El primer caso notable de una literatura impulsada por directrices políticas fue el del venezolano Andrés Bello, que en su exilio de Londres publica en 1823 Alocución a la poesía, de la que rescatamos el siguiente fragmento:
Divina poesía,
tú, de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría;
tú, a quien la verde gruta fue morada,
y el eco de los montes compañía;
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.



Andrés Bello inició formalmente el Americanismo Literario que contiene formas diversas orientadas a fundar la literatura del siglo XIX en Hispanoamérica. En Oda a la agricultura de la zona tórrida (1826), el autor poetiza sobre las tierras, la flora, la fauna de esa América que otros contemporáneos suyos también celebran en sus escritos, como el ecuatoriano José Joaquín de Olmedo, autor del poema La victoria de Junín (1825).

En este texto el poeta alude a esa victoria en el Perú que sirvió de punto de partida a la derrota de la España colonizadora. Según cuenta la historia este poema fue escrito por José Joaquín de Olmedo por encargo del propio libertador Simón Bolívar. El siguiente es un fragmento del poema:
El trueno horrendo que en fragor revienta
Y sordo retumbando se dilata
Por la inflamada esfera,
Al Dios anuncia que en el cielo impera.
Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta
La hispana muchedumbre
Que, más feroz que nunca, amenazaba,
Sangre y fuego, eterna servidumbre,
Y el canto de victoria
Que en ecos mil discurre, ensordeciendo
El hondo valle y enriscada cumbre,
Proclaman á BOLÍVAR en la tierra
Árbitro de la paz y de la guerra.

José María Heredia publica en Nueva York, sitio de su exilio, Las poesías (1825), un texto en el que exalta la naturaleza americana con un romanticismo más acentuado que el de Andrés Bello. Otros exponentes del Americanismo Literario fueron el argentino Juan María Gutiérrez y el uruguayo José Enrique Rodó, autor de Ariel (1900).

A la América recién independizada llegó el romanticismo casi medio siglo después de que hubiera sido la tendencia literaria en Europa. El nacimiento del romanticismo en América se da en 1832.

Antes del período colonial no se escribieron novelas en Hispanoamérica. La primera novela publicada en Hispanoamérica fue El Periquillo Sarniento (1816), escrita por el mexicano Joaquín Fernández de Lizardi (1771-1827). Esta novela está inspirada en el género picaresco que había tenido su expresión en Europa dos siglos atrás. La novela que pudo servir de modelo a El Periquillo Sarniento fue El Lazarillo de Tormes. “Últimamente os mando y encargo que todos estos cuadernos no salgan de vuestras manos, porque no se hagan el objeto de la maledicencia de los necios o de los inmorales; pero si tenéis la debilidad de prestarlos alguna vez, os suplico no los prestéis a esos señores, ni a las viejas hipócritas, ni a los curas interesados y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y muertos, ni a los médicos y a los abogados chapuceros, ni a los escribanos, agentes, relatores y procuradores ladrones, ni a los comerciantes usureros, ni a los albaceas herederos, ni a los padres y madres indolentes en la educación de su familia, ni a las beatas necias y supersticiosas, ni a los jueces venales, ni a los corchetes pícaros, ni a los alcaldes tiranos, ni a los poetas y escritores remendones como yo”. (Capítulo 1).

La fiebre que hubo en Europa por la novela sentimental tuvo eco en América alrededor de 1830. María (1867), del colombiano Jorge Isaacs, se publicó treinta años más tarde, pero es la novela que la crítica cita como la más importante de las novelas sentimentales en la América Hispánica.

El pasado indígena también fue objeto de la literatura en Hispanoamérica del siglo XIX, con la novela indigenista que en Europa tuvo como exponente a Chateaubriand y su Atala. Los autores que se inclinaron por esta vertiente fueron: la peruana Clorinda Matto de Turner con Aves sin nido (1889), el peruano ecuatoriano Juan León Mera, autor de Cumandá (1879), novela en la que hace una denuncia sobre los abusos cometidos contra los indígenas.

El relato de tradición fue cultivado en Hispanoamérica por Ricardo Palma, Perú (1833-1919), autor de Tradiciones peruanas (1872 – 1911). Este tipo de narraciones están construidas sobre la historia, la leyenda, y la ficción. Este autor cuenta historias que se remontan a la época del virreinato.

Manuel de Jesús Galván, nacido en Santo Domingo, escribió novelas de carácter histórico como Enriquillo, donde relata la lucha de los españoles con los indígenas en tiempos de la conquista. También sobresalen el chileno Alberto Blast Gana con sus novelas Martín Rivas (1862) y El loco Estero (1909), el uruguayo Eduardo Acevedo Díaz con novelas que dan cuenta de las luchas de independencia, entre las que se destaca Ismael (1888). Amalia, del argentino José Mármol, sin ser considerada una gran obra literaria, aborda episodios reales de la vida política de su país, como la dictadura de Rosas, pero tiene grandes dosis de ficción, y muchos le dan un carácter de panfleto.

El gaucho Martín Fierro (1872), del argentino José Hernández, es una de las mejores obras escritas en Hispanoamérica en el siglo XIX. Este poema narrativo gira en torno a la vida gaucha y vale la pena citar uno de sus celebrados fragmentos:
Yo no tengo en el amor
Quien me venga con querellas;
Como esas aves tan bellas
Que saltan de rama en rama,
Yo hago en el trébol mi cama,
Y me cubren las estrellas

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