La redención de César Vallejo

César Vallejo, uno de los más grandes poetas universales, sufrió en muchas ocasiones persecuciones y a pesar del temprano éxito de su poema «Los heraldos negros» en ocasiones tuvo que sufrir el terrible signo de Caín

Uno de los más grandes poetas del siglo XX, César Vallejo, representó como pocos al hombre golpeado frente a la duda y el dolor. Es un clásico el comienzo de uno de sus poemas más famosos «Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé…» Casi todos en el Perú y América Latina se conocen de memoria el comienzo del poema «Los heraldos negros». Quizás el otro poema que le dispute en fama sea el poema 20 de la colección de Pablo Neruda «20 poemas de amor y una canción desesperada». El poema 20 empieza con la célebre frase «Puedo escribir los versos más tristes esta noche». La poesía de América Latina sin duda tiene en Neruda y Vallejo a sus poetas más famosos y queridos de todos los tiempos.

vallejo.jpgVallejo fue un fiel representante de su país. Si algo caracteriza al país andino que fue otrora el imperio de los incas es la reflexión y la pena. Visitar el Perú es observar en el ciudadano medio esa pena oculta y el aire reflexivo que llevan con un carácter amable y apacible. Las razones de este carácter peruano, uno de las tipos humanos más tranquilos de América, ha sido materia de especulación durante mucho tiempo. Se piensa que la tristeza arraigada en el carácter de los peruanos se deba a las heridas dejadas por la época de la colonia española. Los argumentos que sustentan esta tesis tienen su principal sustento en la idea de que el pueblo más poderoso de América del Sur fue sometido durante el dominio español a la más cruel dominación. Durante los años de la dominación española al poblador peruano se le negó la condición de ser humano en muchas ocasiones. Algo que debió afectarlo como colectivo o sociedad. Un imperio humillado en su más extrema versión.

Para ilustrar un poco la terrible condición que sufrieron los peruanos durante la conquista citaré una situación muy comentada de fines del siglo XX. En las décadas finales de la década pasada se discutió mucho la cruel costumbre que tenían los cuzqueños (ciudadanos de cuzco, provincia del Perú y antigua capital del imperio incaico) de salir cada cierto tiempo a matar perros por las calles. Muchas agrupaciones protectoras de animales lanzaban sendas protestas por ese acto de barbarie y se consideraba inexplicable que algunos grupos de desadaptados continuaran con una costumbre tan salvaje. En ese caso no se podía decir que todo los cuzqueños salían a matar perros por las calles. En realidad eran pequeños grupos, pero lo que inquietaba de esa práctica era su carácter tradicional, casi como el de las corridas de toros.

Cuando un grupo de historiadores decidió indagar en las razones de una práctica tan cruel se encontraron con una terrible verdad. No una revelación, ya que era algo conocido por todos… pero que se había intentado olvidar con el paso de los años. La costumbre o tradición de matar a los perros callejeros en el Cuzco obedecía a una práctica de supervivencia que los cuzqueños habían heredado en el subconsciente colectivo desde la época de la dominación española. Se reveló ante la opinión pública que esa costumbre se había aprendido de los antiguos cuzqueños que salían cada cierto tiempo en las noches a matar a los terribles mastines de los españoles. ¿El motivo? Esos mastines que mataban eran los que los conquistadores soltaban cada cierto tiempo para devorar a los cuzqueños en sus terribles espectáculos de diversión que recordaban los circos romanos. La matanza de los perros les aseguraba a los cuzqueños una mayor dificultad por parte de los españoles al organizar sus orgías de holocausto humano.

¿Tan terrible práctica no deja una huella en el carácter humano? Un pueblo entero paso a convertirse de soberanos y organizadores de América, constructores de grandes obras de ingeniería, a un grupo humano que era atormentado por las peores crueldades humanas, considerados menos que hombres y alimento de los perros. Ese trauma social es difícil de olvidar aunque pasen los siglos.

vallejo2.jpgPor eso cuando uno observa a los peruanos no se extraña de ese carácter tranquilo y reflexivo, heredado posiblemente de tantos de sufrimiento. Tampoco es extraña la pasión que sienten los peruanos por los temas de horror. Esta última es una pasión compartida con el extrovertido pueblos mexicano, pero lo que en México es exuberancia y el recuerdo de una época en la que se practicaba el culto a los muertos, en el Perú es melancolía y el recuerdo de una época de verdadero horror. No en vano se comenta que cuando un mexicano se molesta llega a matar del disgusto. El peruano cuando se molesta guarda distancia y se cubre de una melancolía que lo obliga a buscar la armonía. Por algo la violencia de la sociedad mexicana es infernal y la violencia de la sociedad peruana se encuentra básicamente en los delincuentes.

Vallejo hereda ese espíritu doloroso y nos transporta a una reflexión humana acerca de la pena y la incertidumbre que sería muy difícil de entender por un joven de la generación MTV. La generación cool está limitada por sus carencias. La medida que ellos toman para medir la realidad es la mediocridad y frivolidad de la cultura del entretenimiento mediático. No están acostumbrados a pensar y reflexionar sobre la naturaleza humana.

Pero la grandeza de Vallejo no solo se encuentra en la reflexión sobre el dolor humano. También es un innovador y revolucionario del lenguaje. Sus poemas de Trilce abren paso a la experimentación y los hallazgos lingüísticos. Un genio en todo su apogeo que marcó un camino a seguir en la historia de la poesía.

A pesar de que su grandeza fue reconocida en su país en el tiempo en el que el gran poeta todavía vivía, muchas veces se le acusó de injustos cargos. Una de esas graves acusaciones lo llevó a la cárcel en su natal ciudad de Trujillo por ser considerado un incendiario e instigador de una revuelta social que tuvo como resultado la muerte de un civil en el lejano año de 1920. Sin embargo, una carta de uno de los testigos de los hechos revela que en ningún momento Vallejo animó a los rebeldes y por ello su encarcelamiento de 100 días obedecía más a la sospecha que el poeta siempre cargaba por ser un intelectual de izquierda.

A pesar de ser reconocida su grandeza desde la publicación de su primer libro de poemas, Vallejo siempre sufrió del signo de Caín. Ese mal que afecta a tantos artistas y que los convierte en esos héroes oscuros que todos admiramos. Un grande finalmente redimido.

Fotos:

Foto 1 en www.johnmitchell.org
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