Odi et amo: Catulo

“Odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto.

No sé, pero siento qué es así y sufro”

Estos magistrales versos (mucho más hermosos en su idioma original, en latín) son de uno de los más insignes poetas no ya del mundo romano sino de todos los tiempos.

Nos referimos al poeta Catulo y estos dos versos conforman el epigrama LXXXV, dedicado como muchos otros de sus poemas a ‘Lesbia’.

Cayo Valerio Catulo nació en Verona en la última mitad del siglo I a.C., probablemente hacia el año 87. Sea como fuere, lo importante es que le tocó vivir una de las épocas más movidas de la historia romana: desde la dictadura de Sila hasta el primer triunvirato, es decir, el paso de la Roma republicana y aristocrática a la época del principado con una Roma abierta y cosmopolita.

En sus poemas se ve esta apertura hacia el mundo helenístico que caracteriza a los jóvenes poetas (poeta novi) del siglo I antes de nuestra era. Poetas que querían cambiar el aspecto de la cultura romana, que vieron la necesidad de cambiar para que, anquilosada, no muriera. ¿No hay cierto paralelismo entre estos poetas y nuestra Generación del 27? Desde luego no hay nada nuevo bajo el sol.

Pero volvamos a Catulo. En Verona, Catulo puede que haya conocido a Quinto Metelo Céler y a su esposa Clodia, de la que se enamoraría definitivamente y que sería, probablemente siempre, su amada (u odiada) Lesbia (el seudónimo es un juego de Catulo, se debe a la isla de Lesbos, donde vivió Safo, la poetisa griega). Algunos piensan que fue precisamente el regreso de Metelo y familia a Roma lo que hizo que Catulo viajara hasta la capital de la República. Claro, suponemos también que influyó en su ánimo el hecho de que un joven con aspiraciones literarias, de noble linaje, quisiera conocer las innovaciones culturales que se realizaban en Roma.

El caso es que nos encontramos con Catulo en plena Roma, admitido en un grupo de jóvenes audaces en el arte, de una clase alta, con gustos refinados, amparados en una gran camadería, enemigos de todo lo que representaba los antiguos valores itálicos, pero lejos también del populismo representado por César. Jóvenes disconformes y revolucionarios culturalmente (¿ven, de nuevo, algún paralelismo?).

Y para comprobar con quién se llevaba bien Catulo no hay que indagar en libros de historia o suponer relaciones, simplemente hay que leer sus poemas. Ellos son la prueba evidente de sus amistades y de sus odios. Catulo ama a sus amigos, de forma incondicional, se ríe con ellos, los llora, les recrimina sus relaciones con otras personas, los echa de menos… y desprecia a sus enemigos con tanta fuerza como quiere a sus amigos.

Al regreso de su amigo Veranio, le dedica estos versos:

“Veranio, el que yo prefiero

entre mis trescientos mil amigos,

¿es cierto que has vuelto a tu casa, junto a tus penates

y a tus bien avenidos hermanos y tu anciana madre?

Has vuelto. ¡Oh, noticias gratas para mí!…”

Pero, también escribe:

“No me preocupo demasiado en procurar serte agradable, César,

ni en saber si eres hombre blanco o negro”

Como decía el primer verso que pusimos, odia y ama.

Pero aquellos versos iban dirigidos a Lesbia. Lesbia está siempre. La ama, pese a que todos le hablan en contra de ella: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y todos las murmuraciones de los viejos severos no nos importen ni un as. Los soles pueden morir y volver a salir; pero nosotros, cuando nuestra breve luz se apague una sola vez, tendremos que dormir una noche eterna…”.

De ella necesita tantos besos como estrellas haya en el firmamento o granos de arena en el desierto. Y, sin embargo, ella no fue siempre la amada entregada: “Ahora ella ya no te quiere; tú insensato no la quieras tampoco, y no persigas lo que huye, ni entristezcas tu vida…” y en otra: “Lesbia siempre me maldice, pero nunca deja de hablar de mí: que me muera si no me quiere…” y acaba: “Celio, nuestra Lesbia, aquella Lesbia, la Lesbia aquella a la que Catulo, a ella sola, quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, ahora por plazuelas y callejones regala sus favores a los nietos del magnánimo Remo”

Y Catulo escribe también poemas que parecen encargados o ejercicios retóricos, en los que la influencia helenística es tan grande que llega, incluso a traducir poemas de Calímaco. En estos poemas, Catulo, sin dejar de ser el poeta humano y sensible, muestra todo su saber mitológico e histórico.

Los poemas de Catulo no han perdido su frescura. Si se pueden leer en latín, sería estupendo, porque no se pierde la sonoridad y el ritmo original, pero existen muy buenas traducciones al español. Yo aconsejo, dos, una la que hace Luis Antonio de Villena en su ensayo Catulo (1979), en ed. Júcar y otra la de Juan Petit, la de Villena es, en realidad, una antología, la de Petit es traducción del corpus completo. Ambas son bilingües. Hay también otra de González Iglesias (2006), pero ésta no la conozco.

En Internet (sólo seleccionamos sitios donde aparezca la obra, hay muchos más en los que se trata sobre el estilo, los temas y las formas de los poemas):

http://www.fh-augsburg.de/%7Eharsch/Chronologia/Lsante01/Catullus/cat_intr.html, el corpus completo de los carmina, para los que se atrevan con el latín.

http://www.catulo.com/index.shtml, los poemas en español, con links a otras páginas sobre Catulo.

http://www.geocities.com/versoados/webpoemas/catulo.htm, una pequeña muestra de este gran poeta.

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