San Agustín

San Agustín fue un filósofo, escritor y teólogo nacido en Tagaste en el año 354. Antes de abrazar el cristianismo, credo religioso que estará presente en la totalidad de su obra, simpatizó con el materialismo, el escepticismo, y el maniqueísmo. Su pensamiento giró alrededor del neoplatonismo.

No siempre San Agustín profesó un credo cristiano. Su conversión a esta doctrina religiosa fue posible en el año 387 a través de las predicaciones de San Ambrosio. Antes había sido profesor de retórica en Roma y Cartago. En esta última ciudad italiana, el hijo de Santa Mónica, nacido en Tagaste en el año 354, simpatizó con varias corrientes filosóficas como la del materialismo, la del escepticismo, y la del maniqueísmo, antes de abrazar el neoplatonismo y dirigir su pensamiento filosófico hacia un cristianismo platonizado.

San AgustínEl tema de la verdad se impuso en la filosofía de San Agustín. En ese sentido se inclinó por la idea de que con la razón se puede obtener la verdad y combatir el escepticismo. La verdad, opinaba San Agustín, se reconoce en el ser, y el ser equivale a Dios. Es decir, sigue la orientación de Platón, pero desde una óptica cristiana.

Para San Agustín el hombre está compuesto de dos sustancias diferentes entre sí: el alma y el cuerpo. El alma es la imagen de Dios mismo, y el cuerpo al estar unido a esa alma le da una condición al hombre de vivir entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz. “Dios uno y omnipotente, Creador y hacedor de todo alma y de todo cuerpo, por cuya participación son felices cuantos son felices por la verdad, no por la vanidad; que hizo al hombre animal racional de alma y cuerpo; que, en pecando éste, ni permitió que quedara sin castigo, ni le dejó sin misericordia; que dio a los buenos y a los malos ser con las piedras, vida seminal con los árboles, vida sensitiva con los animales, y vida intelectual con solos los ángeles”.



La ciudad de Dios es una de las obras esenciales de San Agustín. La escribió en un periodo de tiempo abarcado entre los años 413 y 426. Este texto parte de la idea del amor como origen de la interpretación cristiana de la historia. En La ciudad de Dios San Agustín atribuye el devenir histórico a los designios de Dios. Dos ciudades son los símbolos de la sociedad: Jerusalén y Roma. «Sabemos que hay una ciudad de Dios, cuyos ciudadanos deseamos ser con aquella ansia y amor que nos inspiró su divino Autor. Al Autor y Fundador de esta Ciudad Santa quieren anteponer sus dioses los ciudadanos de la Ciudad terrena, sin advertir que es Dios de los dioses, no de los dioses falsos…”. En la primera, que es Jerusalén según San Agustín, viven los de aspiraciones espirituales, los cristianos respetuosos de Dios y sus leyes y mandamientos. En la segunda, que es Roma, viven los que se entregan a los goces paganos, a la adoración de muchos dioses, y a la debilidad de la carne. Estas dos ciudades coexisten en la misma época pero solo la ciudad de Dios obtendrá el triunfo. La ciudad de Dios fue escrita por San Agustín en el tiempo en que Roma caía en manos de Alarico y el imperio romano se desmoronaba. San Agustín se inspira en el Apocalipsis para escribir esta obra en la que se propone polemizar sobre el panteísmo.

Las confesiones, la otra obra trascendental de San Agustín, es una autobiografía de esos años juveniles en los que luchó para encontrar el verdadero camino que lo guiara hasta Dios, en medio de tentaciones y de difíciles pruebas que debe enfrentar hasta que por fin siente el llamado del cristianismo y se convierte. Las confesiones son escritas como un testimonio de ese ascenso de San Agustín hacia metas espirituales que posteriormente serán las que tracen el rumbo de su postura filosófica. “Ansioso, pues, regresé al lugar donde estaba sentado Alipio, pues allí había dejado el volumen del apóstol cuando me levanté. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio la sección donde se posaron primero mis ojos: No te entregues a los excesos ni a la embriaguez, tampoco a la lascivia ni a la perversidad, ni a la competencia, ni a la envidia, sino al Señor Jesucristo, y no te preocupes por la carne Ya no leí más, no lo necesitaba, porque, de inmediato, al final de esa oración, una luz como de serenidad se instaló en mi corazón, y toda la oscuridad de la duda se desvaneció…”.

Para San Agustín el mal es inherente a todo hombre, pero ese mal depende del uso que éste le de ejerciendo su libertad o el libre albedrío. Pero para poder ejercer esa correcta elección el ser humano necesita inspirarse en Dios, buscar la gracia que procede de su ser, y que se puede obtener por medio de la fe. La libertad para obrar el bien es la que obedece a la voluntad de ese ser superior que no impone la bondad sino que persuade para ir tras ésta. “El alma se pega al cuerpo por la fuerza de la costumbre, sin comprender a veces que—si se sirve el bien y con sabiduría—merecerá un día, sin molestia alguna, por voluntad y ley divinas, gozar de su resurrección y transformación gloriosas. En cambio, si comprendiendo esto arde enteramente en amor de Dios, en este caso no sólo no temerá la muerte, sino que llegará incluso a desearla”.

San Agustín tuvo una temprana inclinación por la literatura y fue un escritor prolífico que escribió con un estilo bello y conciso unas obras fundamentales para la evolución de la teología. La iglesia tiene en su pensamiento una referencia doctrinal clara. Como teólogo sentó definitivas posiciones sobre el libre albedrío, la gracia divina, el pecado, la Trinidad.

En el año 391 San Agustín ingresa a la vida religiosa, ordenándose como sacerdote. Poco tiempo después, en el 395, llega a ser nombrado obispo de Hipona. Se dice que San Agustín tuvo tanta influencia entre los sacerdotes de la iglesia católica como la que tuvo Pablo entre los apóstoles. Su muerte ocurrió en el año 430, como consecuencia de un ataque perpetrado por vándalos.

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