Embriaguez, de Emily Dickinson, la poetisa anacoreta

Es conocido que los poetas tienen un temperamento especial que propicia cierta inadaptación al mundo. Pero el caso de la norteamericana Emily Dickinson es curioso, pues con tan sólo treinta años se recluyó voluntariamente en la casa familiar. Su lírica, de la que es buena muestra Embriaguez, posee la belleza de lo sincero y bien elaborado.

Suele considerarse a los poetas como personalidades peculiares que, por su hipersensibilidad, se adaptan al mundo con ciertas dificultades, sin terminar de hallar su lugar en él.

Es muy conocido, por ejemplo, el temperamento místico de William Blake o el tópico de Juan Ramón Jiménez como “poeta encastillado en su torre de marfil”.

Foto de la casa de Emily Dickinson

Casa familiar de Emily Dickinson en Amherst (Massachusetts)

Del mismo modo, en la lírica norteamericana también cuentan con una poetisa cuya vida, premeditadamente discreta, constituye todo un misterio. Se trata de Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886).

Y ello es así porque, sin mediar explicación ni motivo aparente, a los treinta años se encerró voluntariamente en la casa familiar y no volvió a relacionarse con nadie ajeno a su familia salvo por carta.

La explicación que suele darse a tal actitud es que sufría arrebatos románticos pero tal argumento parece muy poco fundado y, sobre todo, escasamente sólido para justificar tantos años de aislamiento.

Como quiera que fuese, a causa de ello, tan sólo publicó siete poemas en vida y fue gracias a su mentor, el clérigo y escritor Thomas Higginson, y a su amiga Mabel Loomis que apareció una primera antología de sus versos en 1890.

Y es que ambos encontraron, cuando Dickinson murió, más de dos mil poemas entre sus papeles. Tras seleccionar todo este material, dieron a conocer su lírica que, desde entonces, tuvo gran éxito.

Las creaciones de Dickinson llaman la atención por su modernidad para la época. Aunque los temasel amor, la muerte y la inmortalidad– son universales y comunes a casi todos los grandes poetas, las formas en que se revisten no eran muy habituales a mediados del siglo XIX.

Porque la poetisa utiliza con frecuencia la rima asonante y la estrofa breve y, sobre todo, acostumbra a señalar el ritmo mediante el uso de guiones (que sus compiladores eliminaron en las primeras ediciones).

Además, su sintaxis es compleja y el léxico profundamente connotativo o, dicho de otro modo, utiliza palabras sencillas atribuyéndoles significados poco corrientes. Y, junto a ello, sus composiciones poseen un fuerte sentimiento personal que les otorga una valiosa franqueza, muchas veces de tono místico.

Todos estos rasgos se hallan presentes en el poema titulado Embriaguez, que constituye una alegoría de una felicidad cuyos motivos no se nos revelan y que contrasta con la vida ermitaña de la autora. Además, posee un lenguaje exuberante y colorista que parece anticipar al del Modernismo hispanoamericano.

Jarros tallados en nácar, azules, libaciones, celestes o níveos penachos son elementos líricos muy gratos a aquellos excepcionales renovadores del lenguaje poético que fueron Darío y sus seguidores. En suma, una bella composición.

Podéis leer el poema aquí.

Fuente: Poetry Foundation.

Foto: Zoezolka en Flickr.

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