‘Todos los perros son azules’, de Rodrigo de Souza Leao

Un relato autobiográfico en el que el autor bucea, bien es cierto que con tono amable, en los recovecos del desequilibrio mental que él mismo padecía.

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Un superficial repaso a la Historia de la Literatura en particular y del Arte en general nos muestra que hay una extraña relación entre la creatividad y la pérdida de cordura: grandes artistas han padecido problemas mentales y éstos parecen haber estimulado su obra. Hay numerosísimos casos pero baste citar como ejemplos a Buadelaire, Guy de Maupassant o Gerard de Nerval en las letras francesas, a Friedrich Hölderlin en las germanas, a Anne Sexton en las estadounidenses o a Percy Bysshe Shelley en las británicas.

Como ellos, el brasileño Rodrigo de Souza Leao (Río de Janeiro, 1965-2008) pasó buena parte de su breve vida en instituciones mentales y nos ha legado un impagable testimonio de su desequilibrio psíquico en ‘Todos los perros son azules’, bien es cierto que de un modo amable.

Pintor, músico y escritor, Souza Leao desarrolló principalmente su faceta poética. Fue uno de los creadores de la revista ‘Zunái’, una de las más importantes de Brasil en lo que respecta a poesía. Así mismo, a este género pertenecen sus libros ‘Uma temporada nas Têmporas’, ‘No litorial do tempo’ o ‘Síndrome’, ninguno traducido al castellano. En cuanto a su narrativa, cabe citar ‘Me roubaram uns días contados’ y ‘O esquizoidecoraçao na boca’, las dos en vías de ser llevadas al cine. En fin, un buen número de ensayos completan su producción literaria.

En cuanto a ‘Todos los perros son azules’, se trata de una novela evidentemente autobiográfica. El narrador de la historia se encuentra recluido en una institución mental, a ojos de los demás por conducta violenta, a los suyos porque tiene implantado un chip y, además, de pequeño se tragó un grillo. En cualquier caso, muestra una alucinada lucidez propia que le conduce a crear un mundo personal en el que sus compañeros internos tienen aureolas míticas, se le aparecen Rimbaud y Baudelaire e incluso tiene una mascota: un pequeño perro de peluche azul.

En su universo, así mismo, es capaz de descifrar los lenguajes de todas las criaturas por lo que -consecuencia inevitable- crea un idioma válido para todas ellas al que bautiza como «Todog». Tristemente, sólo él puede comprenderlo pero ello no importa ya que «únicamente es una forma de apaciguar nuestro dolor y culpa». Como no podía ser de otra forma si de un loco hablamos, el desarrollo del relato carece de lógica, avanza a base de las palabras y sensaciones del narrador pero -como decíamos- no hay crispación alguna sino un tono amable. En suma, se trata de una magnífica novela en la que, sin embargo, no falta la crítica, en este caso, de la forma en que la sociedad trata a los enfermos mentales.

Vía: Web dedicada al escritor.

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