‘Divinas palabras’, de Ramón del Valle Inclán

‘Divinas palabras’, de Ramón del Valle Inclán es una obra de teatro que lleva al límite el conflicto entre la moral y la retribución de la honra en un pueblo que toma por jurisprudencia las habladurías sobre la mala fama de la adúltera Mari Galia, a quien quieren matar por la debilidad de su esposo, el sacristán Pedro Gailo, quien sin embargo recurre a las sagradas escrituras y el latín para recuperar su autoridad y salvar la vida de su infiel y humillada mujer.

"Ramón del Valle Inclán"

"Ramón del Valle Inclán"

Ramón del Valle Inclán (1866-1936) tuvo un teatro muy contestatario para su época, que en muchos casos refleja la brutalidad y el atraso de las comunidades campesinas de España, donde se busca el castigo ejemplar para la adúltera, olvidando echar mano al adúltero que también participa en la falta al matrimonio como institución. En la aldea de San Clemente, el sacristán Pedro Gailo es conocido de todos porque tiene un conocimiento de la fe como el de un sacerdote y aparte por la codicia de los hombres por su mujer María Galia, adúltera.

María Gaila luce joven, a pesar de tener una hija de 20 años, cuyo aspecto no se compara al de su madre. El titiritero ateo Séptimo Miau, condenado por el sacristán por tener trato con el diablo y carecer de moral, seduce a María Galia, fornicando con ella dos veces, una en la playa y otra en los maizales, donde es descubierta y humillada por el populacho, quienes la llevan desnuda ante su marido en la iglesia. Intentan apedrearla porque Pedro es manso, pero con las palabras en latín de quien esté libre de pecado tire la piedra, disuaden a la multitud.


La aldea salvaje

"Divinas Palabras, film de 1987"

"Divinas Palabras, film de 1987"

En la comedia ‘Divinas palabras’, que es una tragicomedia de aldea, la sociedad está descompuesta por la violencia que la rige. Pedro Galio tiene un sobrino enano, idiota e hidrocefálico, a quien su hermana Juana del reino exhibía en ferias para ganar dinero. Primero muere esta mujer y luego el engendro por el aguardiente que le hace beber Miguelín Pedronés llamado el Maricuela. Mari Galia se queda con Laureano el idiota para exhibirlo en ferias, pero lo regresa a su cuñada Juana ya cadáver. Entre toda esa gente no hay piedad con los muertos.

La descomposición social se refleja en la familia del mal sacristán, quien borracho y presa de los celos por los rumores de su mujer que le engaña, intenta poseer a su hija Simoniña de 20 años de edad. En la aldea de San Clemente, donde la clemencia es una virtud que falta, el primero en dar el mal ejemplo es el sacristán, cuyas funciones, paradójicamente parecen las del cura, pues amonesta a los pecadores y su misma mujer le dice latino, en burla a su conocimiento de las escrituras en la lengua que se hablaba solo en el oficio religioso.

El titiritero Séptimo Miau es un hombre que ha abandonado a una mujer con un hijo para luego cortejar a Mari-Galia, incluso se da tiempo para insinuar al sacristán a modo de burla que es cornudo haciendo números con su perra amaestrada Coimbra. En esta aldea, la virtud de las mujeres está en boca de todos y la reprimenda al adulterio se toma como un pretexto para desfogar la violencia en el más débil. Mari Galia es desnudada por los aldeanos, quienes hacen un esfuerzo por no violarla en su salvaje remedo de juicio moral y captura de la adúltera.

El latín como reserva motora de la conciencia colectiva
Terminada la antigüedad, el latín pasó a ser lengua del culto cristiano y lengua muerta porque con la práctica de  las lenguas romances no había personas que nacieran en contexto latino. Sin embargo se enseñó en las escuelas, cuando la enseñanza oficial era católica para que la gente entendiese el lenguaje en su sentido místico, pues las sentencias de la Biblia, pasaban a ser conocidas en ambos idiomas. Cuando Pedro Gailo defiende de la turba a su mujer en castellano, nadie se aplaca, pero el latín que estaba presente en el sermón si lo hace.

Pedro agota la demostración ante la masa, que lo único que quiere es verle matar a su mujer, de tira al piso pero igual se burlan de él llamándole castrado, cornudo y consentidor del engaño. La idea de matar a su mujer le duró poco tiempo, pues aunque él no es estricto con el deber ser de la ética para sí, le cuesta resolverse a la violencia, pues la fe ha formado su ethos hacia una piedad que por circunstancias de su vida es imperfecta. Pedro Gailo es un sacristán que no predica con el ejemplo, piensa en su placer y en ganar dinero con el engendro.

El latín tiene tono misterioso, además las sentencias bíblicas en la aldea se han interiorizado como fórmulas ad hoc para cada situación. Solo Séptimo Miau es el único que descree de la religión, pues lleva veinte años sin ir a la iglesia. En un mundo que todavía cree, a pesar de su violencia, hay una luz viva para la redención y la conversión. Pedro Gailo ha pasado la mayor parte de su vida como sacristán en la iglesia de San Clemente, incluso se ha casado ahí mismo, por ello tiene convicción de la teología que ha aprendido en latín, la que lo inspira al final.

"Mari Gaila (Ana Belén) y Pedro Gailo, 1987"

"Mari Gaila (Ana Belén) y Pedro Gailo, 1987"

La pacificación de un mundo brutalizado
Entre varios temas, esta obra escandalizó por su violencia, a pesar que tiene de comedia, los valores y anti valores se enfrentan en un dialogo cruel, donde nadie quiere conceder, la razón está con Pedro Gailo, pero no la respalda su acción, mientras que la brutalidad y el descaro está con Séptimo, sostenida por sus malas acciones. La narración culmina en el efecto catárquico de las palabras de Pedro, justo en el momento en que ya caían las piedras como desafío a la autoridad del sacristán, pero a su latín, que todos reconocen nadie desafía.

La gente más brutal puede ser movida a la piedad si ha nacido en un contexto cristiano, la obra no lo descree, aún en el tono de la ironía y el clímax de la violencia. El matrimonio se salva por el perdón cuando ya se han quedado arruinados sin el carretón y el engendro que les hacían ganar monedas en la plaza. A la acción colectiva solo la justifica la mala fama de la víctima, pero en este caso, el marido apela a un poder superior que se reconoce como orden total, presente en todas las mentes y no solo perdona sino salva la vida a Mari Gaila.

Conclusión
San Clemente es una aldea brutalizada por la violencia y la descomposición moral de sus personas notables y sus aldeanos. La justicia se entiende como la aplicación de la violencia ante el primer exceso del acusado, buscando sacar jurisprudencia de las habladurías en el pueblo. Sólo en el momento decisivo, viendo humillada y en peligro de muerte a su infiel mujer, Pedro Gailo hace uso de una conocida sentencia bíblica en latín, para recuperar la autoridad que el vulgo le desconoce por su estado de hombre burlado.

Lectura del relato | ‘Divinas palabras’, de Ramón del Valle Inclán en Quedelibros

Imágenes:

Ramón del Valle Inclán: Joseluis en Wikipedia

Divinas palabras en Lacoctelera

Mari Gaila y Pedro Gailo en Lavozdegalicia

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