‘Noche de guerra en el Museo del Prado’, de Rafael Alberti

El autodidactismo es muy meritorio y, a veces, produce personas más preparadas que quienes estudian regladamente. Viene esto al caso porque Rafael Alberti carecía de estudios, fue autodidacta, y, en cambio, creó una obra lírica excelente, que asombra por su variedad. Pero su teatro no alcanza tales cotas. Son dramas políticos que resultan demasiado tendenciosos, aunque no están exentos de calidad teatral. Este es el caso de ‘Noche de guerra en el Museo del Prado’.

La formación académica –realizar estudios reglados y obtener títulos- es importante, sobre todo porque abre puertas laborales. Pero la vida, que es muy contumaz, nos enseña todos los días que el hecho de poseer diplomas no es patente ni de inteligencia ni de preparación. Personalmente, estamos hartos de hablar con catedráticos analfabetos, sabihondos oficiales que pasan por cultos y que nos aburren soberanamente –de estos son legión en la Universidad española-, mientras que otras personas, cuyos estudios académicos han sido reducidos nos abruman con su sabiduría.

Rafael Alberti

Rafael Alberti

Pero, eso sí, hay que formarse. Si, por la circunstancia que sea, no podemos cursar estudios oficiales, siempre queda la vía del autodidactismo. Estudiar por nuestra cuenta es más difícil pero suele proporcionar excelentes frutos y ser muy gratificante.

Hacemos esta introducción porque nos proponemos hablar de un poeta autodidacta, expulsado de su centro durante el Bachillerato, que, no obstante, presenta una trayectoria literaria excelente. Nos referimos a Rafael Alberti (Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-1999). Pintor y poeta, ha sido –entre los principales autores de la Generación del 27– uno de los más longevos. Vivió dedicado a la literatura y a la actividad política. Toda su vida fue comunista militante, desde que una crisis espiritual de juventud lo apartase de la religión.

La poesía del gaditano asombra, en primer lugar, por su variedad de temas tonos y estilos. En su producción, alternan la poesía pura, las formas tradicionales, el barroquismo y lo vanguardista. Y, temáticamente, se combinan el amor, la angustia, el juego o la pasión política. Él mismo lo ha explicado en una confesión realizada en 1931: ‘He intentado muchos caminos, aprovechándome a veces de aquellas tendencias estéticas con las que simpatizaba’. En cuanto a sus influencias, reconoce como tales a las siguientes: ‘Los poetas que me han ayudado y a los que sigo guardando una profunda admiración, han sido Gil Vicente, los anónimos del Cancionero y Romancero españoles, Garcilaso, Góngora, Lope, Bécquer, Baudelaire, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado’. Como podemos apreciar, sus modelos son no menos variados.


Así, la obra de Alberti presenta varias etapas. Tras uno inicios en los que la poesía popular predomina abrumadoramente –ejemplo ilustre de ello es el libro ‘Marinero en tierra’, Premio Nacional de Literatura en 1925-, se sumerge en una doble vertiente: de un lado, un barroquismo culto que homenajea a Góngora, y, de otro, un vanguardismo audaz, de estirpe surrealista. Ejemplo cualificado de esta fase será ‘Sobre los ángeles’, angustiado libro de un existencialismo evidente.

Monumento a Alberti en el Puerto de Santa María

Monumento a Alberti en el Puerto de Santa María

En 1931, su inspiración vira de nuevo para ubicarse en las lindes de la poesía civil y política, con textos como ‘El poeta en la calle’ o ‘De un momento a otro’. Pero, tras la Guerra Civil y el exilio, abandona en parte esta línea para volver a las formas más tradicionales. De cualquier modo, lo predominante en esta época de destierro es la añoranza de la patria‘Retornos de lo vivo lejano’ es buen ejemplo de ello-.

Junto a su obra lírica, Alberti presenta también una importante creación dramática. En efecto, su dedicación al teatro ha aportado interesantes creaciones y una no menor variedad: ‘El hombre deshabitado’ es una suerte de auto sacramental laico; ‘Fermín Galán’ un homenaje al héroe republicano; ‘El adefesio’ es una incursión, a su manera, en el género esperpéntico creado por Valle Inclán; y ‘Noche de guerra en el Museo del Prado’ resulta una farsa popular de contenido político.

En 1936, Alberti formaba parte de la Junta de Salvamento Artístico, encargada de poner a buen recaudo las obras maestras de la pinacoteca madrileña. Por ello cursó una visita al museo para almacenarlas en el sótano con objeto de, posteriormente, enviarlas a Valencia. Fruto de esta experiencia es ‘Noche de guerra en el Museo del Prado’, escrita veinte años después –en 1956- y estrenada más tarde en el Piccolo Teatro de Roma en 1973. En nuestro país se puso en escena por vez primera en 1977.

El drama se inicia con un prólogo en que el autor narra los sucesos ocurridos en 1936, al tiempo que una proyección cinematográfica presenta cuadros de los grandes autores presentes en el Museo. Junto a ellos, un coro de los personajes acompaña la exposición.

Una calle del Puerto de Santa María, villa natal de Alberti

Una calle del Puerto de Santa María, villa natal de Alberti

En la obra, que consta de un único acto, las figuras de los cuadros de Goya sobre la Guerra de la Independencia toman vida y abandonan el lienzo para levantar una barricada defensiva ante la pinacoteca. Alberti identifica así la lucha del pueblo durante la guerra contra los franceses con la actual, unificando voluntariamente una guerra de independencia de la patria contra un invasor con una guerra civil. Y, en este sentido, el drama resulta profundamente tendencioso.

Mientras los personajes construyen la barricada, a lo lejos, se escuchan los cañonazos del frente, lo cual aumenta considerablemente el dramatismo. La última escena es de una extraordinaria riqueza plástica e intensidad dramática: personajes de otro cuadro, ‘El entierro de la sardina’, traen a Godoy, el ‘generalísimo’, el gran tirano, y a la esposa de Carlos IV, María Luisa, ‘la gran puta’ para ser juzgados por un tribunal popular que los ejecutará. Ambos son, para Alberti, símbolos de la desvergüenza y la tiranía.

Sede de la Fundación Rafael Alberti

Sede de la Fundación Rafael Alberti

Como podemos ver, la obra es un ejercicio de teatro total, en el que sonido, movimiento, luces, proyecciones cinematográficas y música acompañan a la acción en una suerte de síntesis dramática. Sin duda, es esta obra la cima de su teatro político.

Pero, a nuestro juicio, el drama, que no carece de valor teatral, se pierde en su excesiva tendenciosidad, parece una obra escrita durante la guerra –y no veinte años después-, cuando las urgencias del conflicto hacían necesario exaltar virulentamente los ánimos de los combatientes. Valor artístico y adoctrinamiento político –sea del color que sea- se compaginan mal. El creador debe intentar expresar problemas humanos, pero, cuando trata de inculcar una tesis en los demás, suele olvidarse de la calidad.

El indudable talento de Alberti para la poesía se diluye un tanto cuando pretende escribir teatro. Sus ideas exaltadas le juegan una mala pasada y acaba tratando al público como un impúber al que hay que adoctrinar. Por tanto, quedémonos con su extraordinaria lírica y dejemos el teatro a otros creadores más dotados para él.

Fotos: Rafael Alberti: Claudio Elías en Wikipedia | Monumento a Alberti: Emijrp en Wikipedia | Puerto de Santa María: Viajar 24 en Flickr | Fundación Rafael Alberti: Panarria en Wikipedia

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...