Los escritores, esas personas tan raras

Crear una novela exige, sin duda, concentración pero, para conseguirla, algunos autores llegan a extremos realmente curiosos.

Victor Hugo

En la rica Historia de la Literatura, hallamos millares de anécdotas de todo tipo. Las hay trágicas, también inexplicables y, cómo no, cómicas. En este último grupo de ellas, quizá las más curiosas sean las que hacen referencia a las manías de los escritores a la hora de desarrollar su trabajo (o sea, de escribir). No cabe duda de que, para plasmar su talento en el papel, necesitan estar concentrados pero algunos de ellos han recurrido a métodos de lo más peculiares.

Curiosamente, son muchos los que han tenido la costumbre de escribir de pié. Entre éstos, Hemingway, Lewis Carroll -creador de ‘Alicia en el país de las maravillas’-, Nabokov o Thomas Wolfe, que además lo hacía apoyándose sobre un frigorífico. Por su parte, Philip Roth prefiere un atril pero, además, acostumbra a caminar por la habitación reflexionando sobre lo escrito, con lo cual realiza un buen ejercicio pues él mismo calcula que recorre unos ochocientos metros por página creada.

Sin duda, tiene que ver con la concentración, que cada uno busca como puede. En el lado contrario hallamos al famoso autor de relatos infantiles Roald Dahl, quién escribía sentado. Nada raro si no fuera porque, para hacerlo, se embutía en un saco de dormir. Una excentricidad a la altura de ésta es la costumbre de Dan Brown, mundialmente conocido desde que publicara ‘El código Da Vinci’: al parecer, cuando se bloquea, acostumbra a colgarse cabeza abajo mediante un marco diseñado a tal efecto y unas botas especiales. Poca relación tiene con ello pero igualmente curiosa era la costumbre de la británica Virginia Woolf quién utilizaba siempre que podía tinta morada y, por si ello fuera poco, usaba libretas encuadernadas en ese mismo color.

No obstante, a la hora de mencionar conductas extrañas, quizá las más peculiares fueran las de aquéllos que se obligaban a encerrarse hasta terminar su obra para lo cual recurrían a trucos de lo más peregrino. El genial Víctor Hugo, famoso por un sinfín de obras pero especialmente por ‘Los miserables’ y ‘Notre-Dame de París’, debía sufrir especialmente pues era hombre mundano. En consecuencia, para evitar tentaciones, guardaba toda su ropa bajo llave y se vestía con un chal de punto comprado expresamente para ello.

Virginia Woolf

Claro que eso no es nada al lado de lo que hacía el orador griego Demóstenes, que se rapaba la mitad de la cabeza. De este modo, el miedo al ridículo le forzaba a no salir de casa hasta que su pelo creciera. Con ello, lograba centrarse en su obra. Y qué decir del poeta norteamericano Thomas Stearns Eliot, uno de los más grandes del siglo XX. Éste, cuando preparaba una obra, desaparecía de su domicilio, se alojaba en un hotel con el nombre de «capitán Eliot» y se consagraba a su trabajo. Más aún, si algún avispado amigo lo encontraba e iba a visitarlo, se pintaba el rostro de verde para parecer enfermo y ahuyentarlo.

Incluso algunos escritores llegan a la violencia física en su obsesión creadora. El conocido guionista estadounidense Aaron Sorkin, autor de los diálogos de series tan populares como ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ o ‘La red social’, acostumbra a leer en voz alta su trabajo para comprobar si posee la calidad necesaria. Muchos escritores utilizan este truco pero Sorkin lo lleva al extremo: en 2010, mientras lo hacía, se tomó tan a pecho el texto que interpretaba que estrelló su cara contra un espejo rompiéndose la nariz. Para que luego digan que escribir no es un trabajo esforzado. En fin, ante todo ello, no cabe otra que considerar a los escritores como personas un poco raras.

Fuente: Lecturalia.

Fotos: Davity Dave y Christiaan Tonnis.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...