Daniel Defoe, panfletista y agente secreto

Escribir una obra literaria de éxito produce, hoy día, enormes ingresos económicos pero no siempre fue así. De hecho, los grandes escritores atravesaron más de un serio problema con la justicia por deudas. No obstante, pocos de ellos se vieron inmersos en tal cantidad de líos como Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe.

Escribir una obra que se convierte en mundialmente famosa no siempre ha sido sinónimo de triunfo social ni económico. Algunos escritores pueden dar fiel testimonio de ello.

Pero meterse en tantos líos como el autor de la popular novela Robinson Crusoe es difícil para cualquiera. No obstante, Defoe debía ser un carácter peculiar y así le ocurrió.

Foto de Edimburgo

Una vista de Edimburgo, escenario de las intrigas de Defoe

Nacido en el seno de una familia humilde, Daniel Defoe (Londres, ¿1660?-1731) siempre tuvo ciertas ínfulas aristocráticas (de hecho, se apellidaba Foe y no Defoe). Nunca le gustó el estudio así que pronto se dedicó al comercio y no le debía ir mal pero su alto tren de vida acabó con sus huesos en la cárcel por deudas.

Sería la primera vez que pisaba ese lugar pero no la única. Porque sus verdaderos problemas vinieron cuando comenzó a conspirar en política y, sobre todo, a escribir panfletos sobre ella.

En 1703, fue de nuevo condenado a prisión y expuesto a la picota, una suerte de lugar donde se dejaba al reo para que sus conciudadanos ejercieran tan poco edificante tarea como burlarse de él y arrojarle todo tipo de cosas.

Después de varios días en ella y de haber recitado un poema para la ocasión que provocó que el público brindara a su salud, regresó a la cárcel y allí se le acabó el buen humor.

Desesperado, escribió a Robert Harley, a la sazón conde de Oxford e influyente personaje en la Corte, para que le ayudase a salir de prisión a cambio de trabajar para él como agente secreto.

Desde entonces, Defoe se convirtió en un James Bond del siglo XVIII. En esos momentos, estaba a punto de aprobarse la unión anglo-escocesa y el escritor fue enviado a aquellas tierras para conspirar a favor de ella al tiempo que publicaba panfletos exaltándola.

Corría un grave peligro, ya que los rudos escoceses estaban mayoritariamente en contra del Tratado y, de haber sabido las verdaderas intenciones del escritor, le habrían asesinado de la peor manera posible.

En cualquier caso, se las ingenió para ser aceptado en la Asamblea General de la Iglesia de Escocia y, de este modo, poder asistir a los debates del Parlamento, donde se decidía la anexión.

Realizó una inestimable labor pero –como sucede casi siempre- ésta no fue ni agradecida ni mucho menos pagada. Y Defoe hubo de seguir escribiendo hasta el fin de sus días. Sus lectores lo agradecemos pero probablemente él no tanto.

Fuente: Biográfica.

Foto: Edimburgo: Kyz en Flickr.

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