‘Solaris’, de Stanislaw Lem

Publicado en 1961, ‘Solaris’ se centra en los esfuerzos de un grupo de científicos por entablar contacto con la conciencia de un océano viviente alienígena, capaz de dar vida a sus pensamientos inconscientes. El polaco Stanislaw Lem opera una crítica demoledora al antropocentrismo científico y literario.

Solaris en edición Minotauro (1988)

Solaris en edición Minotauro (1988)

El polaco Stanislaw Lem (1921 – 2006) es el contrapunto del Este a la gran ola de la era dorada de la ciencia-ficción anglosajona. Frente al catálogo exuberante de viajes, mundos, artefactos y civilizaciones que pueblan la obra de sus contemporáneos Clarke, Heinlein o Asimov, los grandes constructores de hipótesis, Lem ofrece una visión sardónica y crítica sobre el antropocentrismo ligado a la conquista del cosmos. ¿Qué buscamos en el espacio, parece decir, si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos?

A ningún autor le ha obsesionado tanto el tema de la alteridad como a Lem, hasta el punto de convertirla en el motivo central de su obra. Para Lem la idea de unos alienígenas antropomorfos, aunque sea vagamente, capaces de relacionarse con los humanos a partir de unas bases de interpretación comunes (que tengan lenguaje oral, y para colmo aprendan el inglés de Shakespeare) es reductora, por no decir ingenua. ‘Solaris’ (1961) carga contra esta preconcepción presente tanto en el método científico como en la literatura de ciencia-ficción.

El planeta Solaris es el mayor enigma de la galaxia. Orbita alrededor de dos soles, uno rojo y uno azul, pero por un motivo ignoto es capaz de corregirse en una órbita estable. El fenómeno parece producirlo el único habitante de Solaris: un océano plasmático viviente que cubre por entero el planeta dotado, según las evidencias, de algún tipo de conciencia. Durante generaciones los científicos han intentado contactar con la mente de Solaris sin éxito, llegando a instalar una estación científica en su estratosfera.


Kris Kelvin es un ‘solarista’ (nombre de los científicos dedicados a la disciplina del planeta) que pone el pie por primera vez en la estación. De los tres colegas que deberían recibirle uno, su antiguo mentor Gibarian, ha desaparecido. Los otros dos habitantes, Snaut y Sartorius, muestran un comportamiento irracional. Snaut llega a prevenir a Kelvin contra los “encuentros”. El recién llegado no entiende nada hasta que al dçia siguiente se encuentra en su cabina a su esposa Harey, fallecida en la Tierra años atrás.

La angosta estación científica se convierte así en una ratonera de pesadilla. Los habitantes son asediados por “visitantes” (a los que intentan dar taxonomía científica) extraídos al parecer de su córtex subconsciente. Kelvin se reencuentra con su esposa tal y cómo la descubrió tras su suicidio, que él mismo provocó abandonándola. Pero la Harey visitante va tomando conciencia de que no es individuo real, sino una proyección de Kelvin que la contempla al mismo tiempo con amor y repulsión.

A caballo entre la locura y el rigor al que les impele su formación científica, los tres habitantes supervivientes intentan resolver el problema de los visitantes. A todas luces son generados por el océano Solaris a partir de partículas elementales basándose en huellas psicológicas de los individuos. La pregunta es ¿Porqué lo hace? ¿Les tortura con emanaciones de su subconsciente? ¿Experimenta con ellos? ¿Es un fenómeno arbitrario, sin ninguna intencionalidad? O como apunta Snaut ¿Es un planeta benevolente, que a su manera quiere hacerles un regalo?

Stanislaw Lem

Stanislaw Lem

En Solaris chocan el científico y el hombre. Kelvin sufre la tortura desgarrante de tener a su lado la figura de la mujer que amó, aunque ambos sepan que no se trata de un ser real. Al mismo tiempo conserva la ambición académica y cartesiana de resolver el enigma lógico de Solaris y alcanzar el ansiado «contacto». Pero ese mismo contacto pasa por destruir la barrera emocional que supone el visitante Harey, una renuncia a la que no se ve capaz. Kelvin termina así odiando a Solaris, como si fuera un enemigo. El cínico y baqueteado Snaut resume los vicios del antropocentrismo en una memorable tirada.

No queremos conquistar el cosmos, sólo queremos extender la Tierra hasta los lindes del cosmos. Para nosotros, tal planeta es árido como el Sahara, tal otro glacial como el Polo Norte, un tercero lujurioso como la Amazonia.

No tenemos necesidad de otros mundos, Lo que necesitamos son espejos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es. Buscamos una imagen ideal de nuestro propio mundo.

Por otra parte, hay en nosotros algo que rechazamos; nos defendemos contra eso, y sin embargo subsiste, pues no dejamos la Tierra en un estado de prístina inocencia, no es sólo una estatua del Hombre-Héroe la que parte en vuelo. Nos posamos aquí tal como somos en realidad, y cuando la página se vuelve y nos revela otra realidad, esa parte que preferimos pasar en silencio, ya no estamos de acuerdo.

Lem nos introduce en su mundo con una variedad de registros cromáticos y sensoriales apabullante. El mundo de Solaris es un mundo de color, el de sus soles rojo y azul. Cada uno lo transforma con su luz en un entorno completamente distinto en el que hasta los sentimientos se modifican en consonancia. Frente a ello la estación es una olla a presión de sonidos metálicos, conductos de calefacción, habitaciones atestadas y misteriosos movimientos en los pasillos. Una creación de suspense a la medida del desgaste psicológico que sufre el protagonista.

Solaris se manifiesta a través de una matemática poética sobrecogedora, en la descripción de las construcciones orgánicas que genera el océano sentiente. El lector comparte a partes iguales la maravilla y la frustración de Kelvin ante el misterio insondable del universo. La posición de Lem es prácticamente agnóstica, resignado a las limitaciones humanas.

Sería interesante, en un trabajo de planetología comparada, valorar al acuático Solaris a la luz de su contrapunto desértico, el Arrakis de Frank Herbert (‘Dune’). En uno la angustia del fracaso positivista, en otro el triunfo de la comunión mística. ¿Qué buscamos en las estrellas? Quizás hipótesis o quizás un método pero, ante la previsible falibilidad de todo ello, los grandes escritores encuentran poesía.

Solaris
Stanislav Lem
Minotauro, 1988, 218 páginas

En Leergratis | Reseña de ‘Solaris’, por Luisfer Romero Calero

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