«Las aventuras de Arthur Gordon Pym», de Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe es uno de los escritores más originales y personales. Creador de la novela policiaca, renovador de la novela de terror, su constante recurso al opio y el alcohol le hicieron vivir en permanente estado «subconsciente», cercano a la locura.
No sabemos si, con «Las aventuras de A. Gordon Pym», se proponía escribir sólo una novela de aventuras, pero lo cierto es que el resultado va mucho más allá : es una obra cargada de elementos oníricos y simbólicos, que no retrocede ante lo macabro y que tiene una factura excepcional.

Edgar Allan Poe(Boston, 1.809 – Baltimore, 1.849) es, sin duda un escritor singular. Su creación ha dejado huella indeleble en la Historia de la Literatura Universal e influido en un sin fin de autores posteriores. Algunos poetas “malditos”, como Baudelaire y Mallarmé, tan aficionados a los excesos como el americano, lo tuvieron como modelo. Y es que, en Poe, autor y personajes se confunden. Sus excesos con el opio y el alcohol le hicieron vivir en un estado de “delirium tremens” permanente, muy parecido al mundo de sus criaturas, a medio camino entre lo onírico y lo fantástico (no es casualidad que los surrealistas vieran en él a uno de los suyos).

Renovador de la novela “gótica” y creador del género policiaco, lo más recordado de su producción son sus relatos breves y su poema “El cuervo. Pero toda su obra está presidida por una mezcla de inteligencia profunda y una gran capacidad para sumergirse en las profundidades de la mente humana en busca de desentrañar sus misterios como pocas veces se ha visto. Nadie como él supo sondear los abismos de la locura, quizá porque había llegado a un estado próximo a ella.

Sus relatos cortos son una evidente muestra de ello. Combinan elucubraciones mentales y horror necrofílico. Ejemplos evidentes son “Los hechos sobre el caso de M. Valdemar”, que presenta a un hombre que murió hipnotizado y que, hasta que no fue sacado de la hipnosis, no se corrompió y siguió hablando desde el Más allá ; “El pozo y el péndulo”; “El hundimiento de la casa Ushe”; etc. Lo mismo sucede en sus relatos policiacos : “Los crímenes de la calle Morgue”, “La carta robada”…. Y en su única novela, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, o, más literalmente traducida, “La narración de Arthur Gordon Pym”.



Esta novela fue publicada por vez primera bajo la modalidad de entregas en el “Southern Literary Messenger”, en 1.837 ( dieciocho años después de que el aventurero Davis pisara la Antártida). Acorde con el gusto de su autor, no es muy larga – unas 200 páginas – . Nos cuenta las aventuras del joven Pym, quién se embarca clandestinamente en un barco ballenero, el “Grampus”. Tras un motín a bordo y conseguir hacerse de nuevo con la situación, el navío naufraga, quedando sólo cuatro tripulantes : August,   Parker, Peters y Pym. Desesperados ante la falta de alimento, echan a suertes quién debe servir de sustento a los demás. Cuando son rescatados por el “Jane Guy”, hay dos supervivientes del naufragio, Peters y Pym. En su nueva embarcación se dirigen hacia el polo sur. Tras romper la barrera de hielo, descubren una misteriosa isla, habitada por indios vestidos con pieles negras de un extraño animal, que sienten un enorme pavor ante seres de raza blanca. Superando ese miedo, los indígenas asesinan a toda la tripulación, excepto, de nuevo, Peters y Pym. Éstos se encuentran en la isla con unas misteriosas escrituras y logran escapar en una canoa junto a un nativo como rehén, continuando su avance hacia el sur. Pero, a medida que se acercan al Polo, todo cambia: se ve una enorme columna de vapor, el agua toma un extraño color lechoso y caliente, aves gigantes les acechan y un raro polvo cae sobre la balsa. Y, por fin, el misterioso desenlace : “….Y entonces, nos precipitamos en las entrañas de la catarata (así llama a la nube de humo) donde se abrió una sima como para recibirnos. Pero he aquí que en nuestro camino se alzó una figura humana, velada, de proporciones mucho mayores que las de ningún habitante de la tierra. Y el color de la piel de aquel hombre era más blanco que la nieve”.

Tras este suceso, la narración se interrumpe, para informarnos de la muerte de Arthur Gordon Pym, tras su regreso, sin haber proporcionado al editor los últimos tres capítulos de  su historia.

En medio de esta sucesión de aventuras sin descanso, pues apenas hay enlace entre secuencia y secuencia, el autor no escatima detalles escabrosos ni violentos. Memorable es la escena de la aparición del barco fantasma desde el que un vigía parece sonreirles ; sonrisa que no es más que las picaduras de las aves en el rostro de un espectro.

Es, en suma, un libro de aventuras de aparente fácil lectura, pero con un trasfondo simbólico y alegórico que ha merecido la atención de eruditos, poetas e incluso psicoanalistas.

Desde una visión interpretativa más o menos literal, el relato responde al interés despertado en época de Poe por las expediciones polares y se inscribe en una larga tradición literaria. Así, hay reminiscencias del “Robinson Crusoe”, de D. Defoe ; motivos inspirados por la historia del naufragio del “Medusa” y por las leyendas de buques fantasmales, como el del holandés errante ; e incluso se han señalado ecos del poema “La rima del viejo marinero”, de Coleridge. A todo ello hay que añadir la inclinación del autor por los asuntos marineros, ya tratados en “Manuscrito encontrado en una botella”, “La caja oblonga” y “Un descenso al Maelström”.

Igualmente, la novela influiría posteriormente en autores como R. L. Stevenson y en la conocidísima creación de Herman Melville, “Moby Dick”. Incluso un joven Julio Verne escribió una segunda parte, “La esfinge de los hielos”.

Aludíamos anteriormente al trasfondo simbólico y alegórico de la obra. Y es que, en efecto, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” se incorpora al amplio muestrario de narraciones que se ubican en una suerte de “realismo mágico”, en el sentido de que, partiendo del realismo tradicional y pormenorizado, le añaden el elemento onírico y fantástico, producto de la imaginación más libérrima. Así, la novela resulta ser una larga fantasía en la que se suceden los delirios que siempre obsesionaron a su autor, aunque el componente fantástico – como sucede con casi toda la obra de Poe – esté suavizado por la razón, por la voluntad de ver y reflexionar acerca de los fantasmas que lo acosan.

El estilo de la novela es magistral. Sorprende que lo que en principio era poco más que el relato de las andanzas de un marinero, se convierta, gracias al ritmo rápido y a la sucesión de aventuras, tanto verosímiles como fantásticas, perfectamente narradas, en una creación homogénea de cuya lectura es difícil apartarse.

Por otra parte, el protagonista guarda cierta similitud con su autor, no sólo por el nombre (Pym – Poe), sino por su carácter. Es un tanto desequilibrado, pues lo que le interesa de las aventuras en la mar no son las hazañas brillantes ni el reconocimiento, sino el dolor. Él mismo lo dice cuando, refiriéndose a las andanzas que le cuenta Augustus, aclara : “El lado brillante del retrato me interesaba escasamente ; todas mis visiones eran el naufragio y el hambre, la muerte o la esclavitud entre tribus bárbaras, una vida de dolores y de lágrimas arrastrada en alguna roca árida y desierta, en un mar inaccesible y desconocido. Estos delirios, estos deseos, porque se elevan hasta el deseo, son muy comunes, según me han afirmado después, entre la clase harto numerosa de hombres melancólicos” . (cap. II, p. 20).

En suma, nos encontramos ante una excelente novela, en la que se mezclan a la perfección la aventura y la fantasía, las obsesiones y pesadillas del autor y el relato de viajes marinos.

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