Sopla el viento, la fina sensibilidad de Katherine Mansfield

A veces, un escritor, en lugar de parecerse a sus compatriotas, se ve influido por otros autores más distantes. Esto le sucedió a la neozelandesa Katherine Mansfield, en quién es indudable la influencia de Chéjov, que la convirtió en excepcional autora de relatos breves, tal como se aprecia en ‘Sopla el viento’.

Resulta curioso comprobar como algunos escritores, pese a pertenecer por generación y nacionalidad a un grupo, siguen la influencia de otros colegas más lejanos, diferenciándose así de los primeros. Ello les otorga, indudablemente, una fuerte originalidad dentro del panorama literario de su tiempo y esta cualidad es una de las más importantes, no sólo para escribir, sino también para desempeñar cualquier disciplina artística.

Uno de estos casos es el de la neozelandesa Katherine Mansfield (Wellington, 1888-1923), cuyo nombre real era Kathleen Beauchamp y que, a pesar de incluirse en la generación de James Joyce, David Herbert Lawrence o Virginia Woolf, revela una fortísima influencia del ruso Anton Chéjov, especialmente en lo que respecta a sus relatos breves en los cuales, como aquél, la narradora maorí era una consumada maestra.

Foto de Wellington (Nueva Zelanda)

Una vista de Wellington, ciudad natal de Katherine Mansfield

Educada en Inglaterra, donde viviría casi toda su vida y enferma de tuberculosis desde muy joven, Mansfield supo penetrar como pocos en las honduras del comportamiento humano. Dotada de una finísima sensibilidad para sondearlo, muchos de sus cuentos carecen de argumento, son una sucesión de los pensamientos e inquietudes de sus protagonistas. No obstante, a diferencia de otros autores, que exponen el flujo de conciencia tal y como surge de sus criaturas, la escritora neozelandesa lo adorna de un exquisito estilo literario que convierte a sus relatos en pequeñas obras de arte en sí mismas.

Buena muestra de ello es el cuento titulado ‘Sopla el viento’, que nos muestra las inquietudes de una adolescente llamada Matilde, una muchacha como cualquier otra, que vive con su madre y su hermano Bogey, recibe clases de música y anhela tener libertad y vivir aventuras.

Sin embargo, dos características resaltan en el texto. La primera es la ausencia de anécdota, pues todo lo que sucede es, sencillamente, la vida cotidiana de la joven, con la original salvedad de que ésta no nos es contada por un narrador sino a través del fluir del pensamiento de la propia Matilde. Y la segunda es el influjo e importancia que el viento, que le da título, tiene en la obra: su presencia es constante y la conciencia de la muchacha parece fluir en consonancia con él, a su ritmo. Todo ello nos hace considerarlo un elemento simbólico que representa a su pensamiento, pues también éste se desarrolla vertiginoso, saltando de una cosa a otra, como ocurre con el de cualquier joven de su edad. Se trata, sin duda, de una pequeña joya literaria.

Podéis leer la obra aquí.

Fuente: Katherinemansfield.com.

Foto: PhillipC.

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