‘Los pueblos’, la sensibilidad nostálgica de Azorín

La sensibilidad patriótica fue común a todos los miembros de la Generación del Noventa y ocho pero en Azorín se manifiesta de un modo especial. Ello se debe, probablemente, a su especial temperamento melancólico y a su preocupación por el paso del tiempo. ‘Los pueblos’ es una excelente muestra de ello.

Es bien sabido que los integrantes de la Generación del Noventa y ocho mostraron una especial sensibilidad patriótica. De hecho, uno de los acontecimientos que los agrupa es precisamente el Desastre colonial de aquel año, que supuso la pérdida de los últimos territorios que España poseía en ultramar. Aquellos hechos fueron un aldabonazo para las conciencias ya que, repentinamente, los españoles se vieron ante la triste realidad: la de un país mísero y atrasado que había perdido todos los trenes del progreso.

Azorín describe pueblos de toda España. Uno de ellos es Lebrija (en la foto)

Azorín describe en la obra pueblos de toda España. Uno de ellos es Lebrija (en la foto)

No obstante, en buena lógica, cada uno de aquellos escritores reaccionó de una forma distinta: Maeztu buscando en el pasado las esencias que permitiesen la regeneración nacional, Miguel de Unamuno con sus acostumbradas contradicciones o Baroja con una actitud abiertamente crítica.

Pero el caso más singular es el de José Martínez Ruiz, «Azorín» (Monóvar, Alicante, 1873-1967), cuya actitud, reflejada en obras como ‘Los pueblos’, sólo es comprensible si se analiza su temperamento. Hombre de sensibilidad melancólica y nostálgica, Azorín mira a España desde su particular obsesión por el tiempo, presente en todos sus textos. En sus maravillosas descripciones, se aprecia una honda inquietud ante la fugacidad de la vida y su anhelo de apresar el momento concreto mediante la captación de su esencia. Ello se hace muy patente cuando habla de la historia, a la que convierte en intemporal. Es lo que el crítico José Carlos Mainer ha denominado «lograda y quietista mitificación de nuestro pasado histórico».


En pocas de sus obras se aprecia todo esto como en ‘Los pueblos’, un libro misceláneo que contiene artículos, relatos breves, anécdotas e incluso crónicas parlamentarias. Pero todos ellos tienen un denominador común: las descripciones de los lugares visitados por el autor. En ellas, se esfuerza por recuperar su pasado para captar su esencia histórica que es, a la vez, la de la propia España. Cuando nos describe sus castillos, catedrales y callejuelas, nos parece ver caminar por ellas al Lazarillo o a Celestina, a Cervantes o a Lope de Vega. Especial mención debe hacerse, igualmente, a sus visiones del paisaje. Azorín lo ve a través de su melancólica sensibilidad y, por tanto, como algo vivo. Acostumbraba a decir «el paisaje somos nosotros; es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placideces, sus anhelos».

Azorín fue miembro de la Academia de la Lengua (en la foto)

Azorín fue miembro de la Real Academia Española de la Lengua (en la foto)

No obstante, todo ello no le impide ver y mostrar las desigualdades existentes entre unas zonas y otras de España, algo que se hace muy patente en los artículos que componen ‘La Andalucía trágica’, añadidos a ‘Los pueblos’ con posterioridad a la primera edición. Aquí es donde la preocupación regeneracionista de Azorín se muestra más claramente: frente a la del norte, la visión de las tierras andaluzas que nos brinda se convierte en una denuncia de la situación de hambre y miseria que viven aquellas gentes: niños famélicos y personas enfermas pueblan aquellas páginas.

La obra, una de las mejores de Azorín, está escrita con una extraordinaria prosa conformada por frases cortas que le otorgan limpidez y un fluir lento, además de una excepcional precisión. A ello colabora enormemente la técnica miniaturista que emplea en sus descripciones –como cuando se detiene a expresar sus sensaciones al tomar la mano de una mujer-, siempre dispuestas a captar el detalle esencial.

‘Los pueblos’ es un libro misceláneo y variado, de una extraordinaria belleza en su sencillez. Sin duda, se trata de una de las grandes obras que nos brindó la Generación del Noventa y ocho en su afán por recuperar la verdadera esencia de España para sentar las bases de su regeneración.

Fuente: Rincón Castellano.

Fotos: Osluca y Adalberto H. Vega.

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