El príncipe y el mendigo, de Mark Twain, o la diferencia entre lo real y lo verosímil

Cuando una persona acumula muchas experiencias vitales, éstas se traducen en un amplio conocimiento del ser humano y del mundo. Y ello es vital para un escritor. Éste es el caso de Mark Twain, que, en El príncipe y el mendigo, nos presenta un curioso intercambio de papeles que reflejan la diferencia entre lo real y lo verosímil.

Algunos escritores han llevado una vida tan azarosa que, por fuerza, acumulan una ingente cantidad de experiencias y ello se traduce en un amplio conocimiento del ser humano y del mundo, el cual, a su vez, se hace evidente en sus obras. Así, éstas reflejan –a veces, tras una aparente sencillez- profundas enseñanzas sobre aquéllos.

Foto de un retrato de Twain

Retrato de Mark Twain

Uno de estos casos es el de Samuel Langhorne Clemens, más conocido por el seudónimo que le haría famoso, Mark Twain (Florida, Missouri, 1835-1910), excepcional periodista y escritor que, previamente, había ejercido diversos oficios, entre los que es preciso destacar el de piloto fluvial por el río Mississipi, debido a que –con cierta simplificación- acostumbra a considerársele el narrador por excelencia de la vida a orillas de éste.

Y decimos con cierta simplificación porque, aunque es verdad que las obras que le han hecho inmortal –Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn– constituyen el mejor relato de la vida ribereña en esa zona, Twain escribió otras obras de excelente calidad y que poseen un mensaje no menos profundo que éstas.

También es cierto que, con frecuencia, el norteamericano acostumbraba a ocultar su crítica bajo el manto del humor. Ello se aprecia muy bien, por ejemplo, en Un yanqui en la corte del Rey Arturo que critica hábitos y conductas de la sociedad de la época del autor a través de la ironía y la comedia.


Igualmente significativo en esta línea es El príncipe y el mendigo, publicada en 1882 y que, bajo la forma de novela histórica, satiriza el mundo de las apariencias y cómo, muchas veces, la sociedad nos cree cuando mentimos pero no cuando decimos la verdad. Es decir, muestra el conflicto entre lo real y lo verosímil.

Foto de la casa de Twain

Casa de Twain en Hartford

Nos hallamos en 1547. Dos niños, el príncipe Eduardo y el plebeyo Tom, físicamente idénticos, deciden intercambiar sus papeles. Pero, al cabo de un tiempo, cansados del juego, deciden revelar la verdad. Cuando Tom la explica en la Corte, todos creen que el príncipe se ha vuelto loco y mucho más difícil lo tendrá Eduardo. Sólo la existencia de un anillo en poder del verdadero príncipe hará que los recalcitrantes cortesanos comprendan la verdad.

Se trata de un divertido relato que, como decíamos, trata de hacernos ver lo fácil que resulta mentir y engañar en determinadas situaciones –hacer que la gente crea lo verosímil- y lo difícil que es mostrar la verdad cuando, precisamente, no es creíble, es decir, no es verosímil. Todo ello a través de la prosa ágil y amena de Twain, que siempre deja alguna enseñanza en sus obras. No es casual que éstas hayan sido y sigan siendo leídas en todo el mundo y que, en su tiempo, el autor fuera considerado el novelista norteamericano por excelencia.

Podéis leer la obra aquí.

Fotos: Mark Twain: Robbot en Wikimedia | Casa en Hartford: Pablo.Sanchez en Flickr

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...