Las Aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi

En la obra que presentamos podrás disfrutar del Pinocho original de Carlo Collodi, el cual posee una profundidad y rasgos mucho más humanos que los exhibidos por el film de Walt Disney, que, paradójicamente, le dio fama mundial.

Te presentamos Pinocho, la cual puedes leer leerg gratis el libro Pinocho (previo registro gratuito), de Carlo Lorenzini.

Carlo Lorenzini, más conocido como Carlo Collodi (pseudónimo que utilizó desde 1856 haciendo referencia al pueblo de la Toscana donde nació su madre), nació en Florencia, Italia, el 24 de noviembre de 1826, fruto del matrimonio de Domenico Lorenzini (cocinero de un marqués) y de Ángela Orzali.

Su madrina fue la duquesa Mariana Ginori. Asistió al colegio y al seminario, donde se destacó en retórica y filosofía. Gracias a ello, tuvo acceso a los libros prohibidos por la Iglesia y el propio Duque.

Su primer experiencia laboral fue en una librería a los 18, lo cual facilitó un mayor acceso a la literatura. Su codeo constante con los ambientes revolucionarios hacia el dominio austriaco, desemboca en su enrolamiento como voluntario en el ejército de Toscana durante la Guerra de la independencia (1848 – 1860).

Atraído por el mundo de la política, sus primeras obras literarias, de una marcada crítica, se publican en el periódico satírico Il Lampione. El periódico es censurado por orden del Gran Duque de Toscana en 1849, si bien vuelve a la circulación en mayo de 1860.

A comienzos de 1856 salta a la fama con su novela In vapore, a la cual se agrega una intensa actividad en otros periódicos políticos como Il Fanfulla; a la par es designado como empleado de la Comisión para la Censura del Teatro. Es durante este lapso que escribe diversos cuentos y relatos siempre en tono satírico (algunos de ellos se tratan de meras recopilaciones de sus artículos previos), entre los que se destacan Macchiette (1880), Occhi e nasi (1881) y Storie allegre (1887).

En 1875 incursiona en el mundo de la literatura infantil con una traducción de los cuentos de hadas en francés de Charles Perrault, Racconti delle fate.

En 1876 escribe Giannettino (el cual encuentra su inspiración en Giannetto, de Alessandro Luigi Parravicini), Minuzzolo, e Il viaggio per l’Italia di Giannettino, una serie que repasa la reunificación de Italia a través de la mirada cargada de ironía de Giannettino.

Lorenzini encuentra un aliado perfecto en el empleo de un personaje amigable y afable desde el cual deja entrever sus propias mediante sutiles alegorías. En 1880 comienza a escribir Storia di un burattino (Historia de una marioneta), también conocido como Le avventure di Pinocchio, el cual es publicado en forma semanal en Il Giornale dei Bambini (el primer periódico italiano para niños).

Lorenzini muere el 26 de octubre de 1890 sin siquiera imaginar la fama y popularidad que alcanzaría su obra. Las aventuras de Pinocho terminarán opacando el resto de la obra del autor.

Serviría, entre otros temas, de inspiración a la obra de Luigi Pirandello, Seis Personajes en Busca de un Autor. Lorenzini fue enterrado en la San Miniato al Monte en Florencia.

Las aventuras de Pinocho relatan la historia de la creación del florentino Geppetto, un solitario carpintero que talla a un muñeco de madera al cual imagina por momentos su hijo, y nombra Pinocho.

La misma noche, mientras el carpintero duerme un hada da vida al muñeco. Geppetto adopta a Pinocho y lo envía a la escuela donde traba amistad con un grillo llamado Pepe.

A pesar de los consejos del grillo, Pinocho se hace amigo de dos niños que lo llevan a realizar travesuras y faltar a la escuela, lo cual hace que le crezcan unas enormes orejas de burro, y con cada mentira dicha, le crece la nariz. Finalmente Pinocho huye de casa en pos de nuevas aventuras.

Geppetto parte en su búsqueda, adentrándose al mar en un pequeño bote, y cuando se encuentra a punto de hundirse el mismo, aparece una ballena que lo traga junto al carpintero.

Pinocho enterado de la suerte corrida por su padre, y sintiéndose culpable inicia su rescate junto al fiel Pepe.

Pinocho y Pepe el grillo son tragados por la misma ballena y se reencuentran con Geppetto. Todos ellos escapan encendiendo una hoguera que hace estornudar al animal, despidiendo a sus tres presas en el bote.

Tras la experiencia, Pinocho promete comportarse bien y concurrir todos los días a la escuela.

El Hada Madrina ve que Pinocho ha cambiado y mantiene su palabra y en recompensa lo convierte en un niño de carne y hueso.

Probablemente, esta versión es la más popular y difundida mundialmente, gracias a los estudios Walt Disney, y ha opacado a la versión original hasta casi reemplazarla por completo.

Sin embargo la obra de Collodi tiene rasgos bastante más tenebrosos y contrapuestos a la candidez de Disney.

Pepe Grillo, en realidad es sólo un insecto al cual Pinocho ha matado amorosamente de un martillazo, que y que reaparece débilmente como una sombra que dice algunas palabras.

Comefuego es un personaje de moralidad ambigua, tan rudo, buen negociante y devorador de sus muñecos cuando tiene hambre, como magnánimo en su acto de perdón a Pinocho, al cual libera y obsequia las monedas de oro para su hambriento padre.

Collodi no coloca a Pinocho y a su padre en una ballena, sino en un tiburón, que además padece asma.

El hada del cabello azul, una de las figuras centrales en la vida de Pinocho, se presenta no como adulta, como en el film, sino pasando de niña a mujer, y claro, no es rubia ni bella.

La obra hace del invierno, el frío y el hambre, elementos desgarradores que enmarcan la dura realidad florentina. La situación económica y social, así como las penalidades que atraviesa Geppetto son descriptas dramáticamente en el texto.

A diferencia del libro, en el film Pinocho se amarra solo y se tira al mar, muere y resucita siendo niño. Además a Pepe Grillo se le otorga una medalla de oro por haber cumplido con su deber de ser la voz de la conciencia.

El costado oscuro se advierte particularmente en el siguiente pasaje en el cual los asesinos persiguen a Pinocho y, tras alcanzarlo, lo ahorcan en una rama.

“Entonces el muñeco, perdido el ánimo, estuvo a punto de tirarse al suelo y darse por vencido, cuando, mirando a su alrededor, vio blanquear a lo lejos, entre el verdinegro de los árboles, una casita cándida como la nieve.

«¡Si tuviera aliento para llegar hasta esa casa, quizás me salvaría!», dijo para sus adentros.

Y sin dudarlo un minuto, volvió a echar a correr por el bosque a carrera tendida. Y los asesinos siempre detrás.

Después de una carrera desesperada de casi dos horas, por fin, jadeante, llegó a la puerta de aquella casita y llamó.

Nadie respondió.

Volvió a llamar con más violencia, pues oía acercarse el ruido de los pasos y el respirar profundo y cansado de sus perseguidores. El mismo silencio.

Dándose cuenta de que llamar no conducía a nada, empezó por desesperación a dar patadas y cabezazos a la puerta. Entonces se asomó a la ventana una hermosa Niña de cabellos color añil y de cara blanca como una figura de cera, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, quien, sin mover los labios, dijo con una vocecita que parecía venir del otro mundo:

–En esta casa no hay nadie. Todos han muerto.

–¡Ábreme tú al menos! –gritó Pinocho llorando y suplicando.

–También yo estoy muerta.

–¿Muerta? Y entonces, ¿qué haces ahí en la ventana?

–Espero que venga el féretro a llevarme.

Y apenas dijo esto, la Niña desapareció y la ventana se cerró sin hacer ruido.

–¡Oh, hermosa Niña de cabellos color añil –gritaba Pinocho–, ábreme, por misericordia! ¡Ten compasión de un pobre chico perseguido por los asesi…

Pero no pudo terminar la palabra, pues sintió que le agarraban por el pescuezo y aquellas dos típicas vozarronas que le gruñeron en son de amenaza:

–¡Ahora ya no te escapas!

El muñeco, viendo relampaguear la muerte ante sus ojos, fue acometido de un temblor tan grande, que, al temblar, metían ruido las junturas de sus piernas de madera y los cuatro cequíes de oro escondidos debajo de la lengua.

–Entonces –le preguntaron los asesinos–, ¿quieres abrir la boca, sí o no? ¡Ah! ¿No respondes?… ¡Espera, que esta vez te la vamos a abrir nosotros!…

Y sacando dos viejos cuchillos muy largos y afilados como navajas de afeita, ¡zas! Y ¡zas!…, le sacudieron dos cuchilladas entre los riñones.

Pero el muñeco, para su suerte, estaba hecho de una madera muy dura, y por tal motivo las hojas, quebrándose, saltaron en mil pedazos y los asesinos se quedaron con el mango de los cuchillos en la mano, mirándose asombrados.

–Ya entiendo –dijo entonces uno de ellos–, ¡hay que ahorcarlo! ¡Ahorquémoslo!

–¡Ahorquémoslo! –repitió el otro.

Dicho y hecho. Le ataron las manos a la espalda y, pasándole un nudo corredizo alrededor de la garganta, lo colgaron de la rama de un gran árbol, llamado la Encina grande.

Después se quedaron allí, sentados en la hierba, esperando que el muñeco estirara la pata; pero el muñeco, después de tres horas, permanecía con los ojos abiertos, la boca cerrada y pataleaba más que nunca.

Cansados, por fin de esperar, se volvieron hacia Pinocho y le dijeron riéndose burlonamente:

–Adiós, hasta mañana. Esperamos que, mañana, cuando volvamos, tangas la amabilidad de estar bien muerto y con la boca abierta de para en par.”

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