Un expreso del futuro, de Julio Verne, cuando la ciencia-ficción no lo es tanto

Cuando acabamos de leer un relato de ciencia-ficción, acostumbramos a pensar en la portentosa imaginación de su autor. En cuanto a éstos, uno de los padres del género fue Julio Verne, quién, sin embargo, solía reunir fantasía con actualidad científica, a la que era tan aficionado. Así ocurre en Un expreso del futuro, basado en el transporte neumático de personas.

Tras leer un relato de ciencia-ficción, acostumbramos a preguntarnos cómo el autor puede poseer una imaginación tan portentosa. Y, si de fantasía hablamos, pocos superan en ella al gran Julio Verne (Nantes, 1828-1905), uno de los novelistas más leídos de todos los tiempos.

Foto de Verne

Julio Verne

Considerado -junto a otro genio, H. G. Wells– el padre de la ciencia-ficción moderna y poseedor de una amplia cultura científica, fue capaz de predecir en sus obras muchos de los avances que la técnica lograría con el paso del tiempo: el helicóptero, el submarino, el ascensor o las naves espaciales aparecen en sus relatos antes de ser inventados.

Y es que, realmente, Verne se halla a medio camino entre el novelista y el divulgador científico. Tan aficionado a la fantasía como a la ciencia, halló un medio perfecto para dar a conocer los avances de ésta revistiéndola bajo los ropajes de la narrativa, que ya por entonces era el género de lectura mayoritario.

Es precisamente dentro de esta tendencia donde debe inscribirse el relato breve Un expreso del futuro, en el que combina fantasía y realidad para dar a conocer un invento entonces en fase experimental y que nunca llegaría a triunfar del todo: el llamado transporte neumático.


Consistía éste en el envío de documentos y paquetes en cápsulas, a través de tubos que unían distintos lugares de una ciudad, mediante el impulso proporcionado por aire comprimido. Urbes como Londres o Praga llegaron a tener complejos circuitos con este sistema.

Pero, además, un visionario norteamericano, Alfred Ely Beach, se propuso transportar personas con la misma técnica. De hecho, llegó a construir un primitivo suburbano en la ciudad de Nueva York que funcionó durante unos meses entre dos puntos de Broadway con gran éxito de público. No obstante, el proyecto fue desechado debido a su alto coste y a ciertos intereses espurios.

Foto del Nautilus

Maqueta del submarino Nautilus, ideado por Julio Verne para el capitán Nemo

Probablemente, en ello se basa Verne para el relato, que narra la visita que el protagonista hace -en compañía del inventor del sistema, el coronel Pierce– a las instalaciones de un ferrocarril subterráneo que une Boston con Liverpool, atravesando el Océano Atlántico.

Cuando el autor del transporte lo invita a probarlo, aquél no duda en hacerlo, aunque alberga dudas acerca de su funcionamiento y no logra salir de su asombro. Pero no menos sorprendente resulta el final del cuento.

Se trata, sin duda, de un relato magistral de Verne que, como casi todos los suyos, constituye una fantasía apoyada en bases científicas y que consigue mantenernos en vilo hasta su mismo final.

Podéis leer la obra aquí.

Fotos: Julio Verne: Windwhistler en Wikimedia | Maqueta del ‘Nautilus’: Horacio Arévalo en Picasa

Fuente: www.jverne.net/

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