Amor y competencia en el ayllu en Warma kukay de José María Arguedas

El aprendizaje de la cultura y cosmovisión andina se desarrolla en un proceso de idealización de la amada y de competencia entre el adolescente precoz y sus rivales, el cholo pretendiente y el hacendado que viola a la muchacha. Los rasgos autobiográficos marcan los espacios y tiempos privilegiados por el autor, quien expresa la vulnerabilidad de las comunidades andinas. La frustración del amor solo acenturá el recuerdo de un narrador ya mayor que se siente alejado de su pueblo.

José María Arguedas (Perú, 1911-1969) fue antropólogo y escritor indigenista, nacido en un contexto bilingüe de castellano y quechua, tuvo contacto con la tradición oral de los indios del Perú desde sus primeros años, hecho que le permitió verbalizar la voz del indio en la literatura, mediante una voz propia, producto de la cercanía con los sujetos representados en su obra. Si bien están idealizados, se actualizan al actuar según la cosmovisión andina en sus relatos, es una visión del indio desde dentro, de primera fuente, lo que se llama indigenismo propiamente dicho, a diferencia de los relatos exotistas sobre pueblos amerindios, escritos con el sesgo de un observador ajeno a estas realidades, lo que se llamará relato indianista.

José María Arguedas escribe su libro de cuentos Agua (1935), el que relata la experiencia de su niñez y los conflictos entre indios y blancos o mistis, desde una perspectiva autobiográfica, donde el niño Ernesto de los cuentos Agua y Warma Kukay encarnará al pequeño Arguedas en sus recuerdos sobre las comunidades andinas en que creció. De ellas rescata sus canciones, creencias, fiestas y ethos, con el que ingresa el indio peruano a la literatura como sujeto autónomo de representación.

El cuento Warma Kukay muestra a un protagonista de catorce años, descendiente de blancos pero criado e integrado a los indios, en la voz de este personaje se apreciaran los sentimientos encontrados hacia blancos e indios en una relación ambigua de amor y competencia. Ernesto ama a una muchacha comunera mayor que él y pareja de un cholo que desprecia por soportar abusos de los blancos y castigar a las bestias de la hacienda en represalia. También ocurre el cruce de la admiración por la comunidad con la vergüenza hacia ella por sufrir atropellos del patrón Don Froilán, quien es socio de su tío. La esperanza de los indios resignados como Kutu es que Ernesto crezca y se haga abogado para defenderlos.



La culpa de Ernesto: Ernesto ama a Justina, destinada a Kutu, el amansador de toros, terneros y potros, quien es despreciado por el por cobarde con Froilán y abusivo con los terneros del patrón a los que azota en venganza de la violación de su prometida por el hacendado. Ernesto narra que con Kutu escogían a los animales que iban a ser torturados, hasta que se arrepiente y pide perdón a la indefensa ternerita maltratada Zarinacha: “¡Niñacha, perdóname! ¡Perdóname mamaya! Junté mis manos y, de rodillas, me humillé ante ella. –Ese perdido ha sido, hermanita, yo no. ¡Ese Kutu canalla, indio perro!” Este conflicto mezclado con arrepentimiento se explica por el peso de llevar la cosmovisión andina al mundo en la persona de un blanco. Si bien en el origen hay compasión en el hombre andino por su entorno vegetal y animal, es difícil mantener la imagen de un indio puro, no corrompido por la humillación. La historia del Perú fruto de desencuentros y fisuras ha mantenido algunos rituales andinos que abusan de los animales, por ejemplo, un rito sangriento de venganza es el Yawar fiesta, donde un cóndor atado a un toro lo desangra, la víctima es escogida solo porque esa especie llego desde España al Perú, está también el Inti Raymi y el Quincachi, ofrenda ganadera a los apus, ambas prácticas violentas sacrifican llamas, a pesar de que estos auquénidos están en peligro de extinción. Esta culpa indica que querer a los indios es doloroso, más aún si se convive con ellos y se tiene que presenciar sus más crudas costumbres. Se les quiere, pero se denuncia su falta, esperando que la enmienden. También compartirá la culpa de su familia hacendada, que tolera el oprobio de los indios.

La idealización de la amada: Justina es una cholita delicada, comparada con una torcaza, se contrapone a su novio Kutu, animalizado como sapo, a quien Ernesto le pide que se vaya de la comunidad de Viseca, lo que cumple para no quedarse en un pueblo donde todos saben que su mujer fue violada por el patrón, a quien teme matar. Esta muchacha canta para los cholos al ritmo del charango, alcanza a satisfacer el eros de Ernesto pero es débil e indefensa ante Froilán; bien puede representar a la cosmovisión andina en cuanto cultura de resistencia, la cual no puede destinar esfuerzos a la lucha sino sólo a sobrevivir. Ernesto quiere pertenecer a los indios pero se siente alienado de ellos por su afán de competencia con Kutu. El narrador sitúa el relato en el pasado, escribe en la costa a manera de recuerdo, expresando su nostalgia y su desazón en la urbe. La amada queda idealizada porque el conflicto no se resuelve nunca, se congela en el tiempo. Como Kutu, Ernesto también abandona la comunidad de Viseca.

La competencia: Ernesto es un niño precoz que compite por el amor de Justina con Kutu y Froilán, ambos más fuertes que él, sin embargo Kutu no se vengará en Ernesto de sus recriminaciones por su cobardía y maldad, cederá ante el y lo cuidará porque representa la continuación del poder en la región, que paradójicamente quiere a su etnia. La competencia con Froilán representará la herida de Ernesto, de no poder pertenecer a su casta de origen, por no aprobar los vejámenes a los comuneros. Ernesto pierde su eros en una crisis en que cree que Justina traicionó a ambos, Kutu y él, y por un momento le pide a Kutu que la mate. En esta dura constatación para el púber Ernesto, se dará cuenta que bajo el imperio de los blancos el amor es visto como oportunidad, no como mérito, el amor se banaliza en el deseo y en su forma más cruda, el estupro. Ernesto aprende a amar a Justina en armonía con el amor por la cultura y cosmovisión andinas. Pero como esta cultura es la dominada y la atropellada, la competencia será un mero desgaste de fuerzas y ánimo.

Conclusión: La convivencia de Ernesto con los indios se traduce en aprendizaje y asimilación de su cultura, en idealización de la amada y pugna con los elementos de valoración negativa, como el indio vengativo y despiadado y el hacendado cruel y violador. El relato se sitúa en el pasado arquetípico del narrador, en el espacio eufórico o de valoración positiva. El amor se vuelve frustración, pero sirve como para afianzar en el ethos del protagonista su adhesión a la cultura andina.

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