‘La pechuga de la sardina’, de Lauro Olmo

La convivencia en un ambiente mísero y asfixiante es el eje argumental de esta obra del dramaturgo gallego, uno de los más destacados de las últimas décadas.

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A fines de los años cincuenta del siglo XX, surge una corriente dramática que la crítica ha bautizado como «Nuevo Teatro Español». Pretendía ser éste una superación de las obras comerciales que triunfaban en los escenarios. Y entre sus rasgos destacan la crítica social en lo temático (paralelamente a lo que por entonces sucedía en la narrativa) y técnicas novedosas en lo formal que algunas veces emparentaban con las del esperpento valleinclanesco.

La nómina de estos autores es muy abundante pero, entre ellos, cabe citar a Alfonso Sastre, Carlos Muñiz, José Martín Recuerda o José María Rodríguez Méndez. Y, junto a ellos, un dramaturgo cuya obra quizá sea una de las más próximas a las técnicas esperpénticas citadas.

Se trata del gallego Lauro Olmo (Barco de Valdeorras, Orense, 1922-1994), quien, no obstante, se inició en los cauces del más descarnado realismo crítico con piezas como ‘El milagro’ o ‘La camisa’, historia de una familia de emigrantes que subsiste como puede en una chabola. Sin embargo, a medida que su carrera fue avanzando, los ingredientes alegóricos con intención expresionista comenzaron a aparecer en sus obras. A este expresionismo de trazo grueso responde ya ‘La pechuga de la sardina’, que, como ‘Historia de una escalera’ de Buero Vallejo, se centra en la convivencia de un grupo de personas. Pero, si en ésta se trataba de una comunidad de vecinos, en la pieza de Olmo son los huéspedes de una pensión.

La dueña de ésta es Juana, una mujer que ha tenido una vida difícil, con un marido alcohólico del que ha terminado por separarse. En su negocio viven Soledad, preocupada porque su juventud va pasando y aún permanece soltera, Concha, una muchacha embarazada, y otros personajes cuyas vidas vamos conociendo. Sin embargo, el verdadero protagonista de la obra es el medio, un ambiente asfixiante que condiciona la existencia de todos ellos.

Destaca entre estas criaturas por su fuerza dramática doña Elena, una anciana que lleva siempre unos prismáticos al cuello para fisgar todo lo que ocurre entre sus vecinos y así poder criticarlos duramente. Es, con toda probabilidad, la figura más patética de todas debido a los motivos que la han llevado a ser así y que se insinúan en un momento de la representación. ‘La pechuga de la sardina’ –como decíamos- combina el realismo más descarnado, próximo a veces al naturalismo, con los elementos esperpénticos. Todo ello le confiere una enorme fuerza dramática que es uno de los ingredientes esenciales del teatro.

Vía: Biografías y Vidas.

Foto: Magnoid.

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