Los pilares de la sociedad, de Henrik Ibsen, unos negocios poco confesables

En paralelo a la narrativa, durante la segunda mitad del siglo XIX se desarrolla el teatro realista. Uno de sus mayores representantes es el noruego Henrik Ibsen, que, en ‘Los pilares de la sociedad’, realiza una dura crítica a aquéllos que, aprovechando las circunstancias, hacen turbios pero lucrativos negocios.

La Revolución Industrial que se desarrolló a lo largo del siglo XIX permitió que se realizasen muchos grandes negocios que, a veces, no eran demasiado legales. Ello propició el ascenso de una nueva clase social que podríamos calificar como aristocracia del dinero, conformada por aquéllos que se habían enriquecido al calor de los tiempos. Y, puesto que la Literatura es reflejo de la sociedad, también ésta se ocupó de ella.

Es la época del Realismo, un movimiento preferentemente narrativo que cuenta con excepcionales figuras como Charles Dickens, Benito Pérez Galdós, Honoré de Balzac o Gustave Flaubert. Pero también alcanzó importante desarrollo en el teatro, en el que su mejor representante es, con toda probabilidad, el noruego Henrik Ibsen (Skien, 1828-1906), cuya larga trayectoria literaria otorga una extraordinaria renovación a la dramaturgia.

'Los pilares de la sociedad' critica la especulación

'Los pilares de la sociedad' pertenece a la etapa más realista de Ibsen. En la foto, monumento al dramaturgo en Oslo.

Porque Ibsen se inicia en el género con obras aún fuertemente influidas por el Romanticismo. En ellas adopta como asunto temas de la tradición y el folclore de su país para retratar lo que consideraba defectos del carácter de sus compatriotas. A este periodo pertenecen ‘Brand’ o ‘Peer Gynt’. Pero pronto se sitúa en las corrientes realistas para escribir obras que tratan temas sociales con un espíritu crítico, de denuncia de ciertas situaciones que considera anacrónicas o injustas. ‘Casa de muñecas’ y ‘Un enemigo del pueblo’ son, probablemente, las más destacadas de esta etapa.

También ‘Los pilares de la sociedad’  pertenece a ella. Constituye una denuncia de los turbios negocios que propiciaban los tiempos y, en este sentido, posee plena actualidad. Karsten Bernick es un empresario que se dispone a realizar una operación de recalificación de terrenos que le proporcionará pingües beneficios. Pero, repentinamente, regresa a la ciudad Johan, hermano menor de su esposa que había huido años atrás para cargar con la culpa de una quiebra familiar. Ello desata fantasmas del pasado y, con ellos, una lucha que se complican aún más a causa de ciertas relaciones sentimentales.

A medio camino entre el drama romántico y el de denuncia social, se trata de una excelente obra que posee una perfecta construcción. Pertenece a la etapa en que Ibsen se veía envuelto en grandes polémicas a causa de sus textos. Quizá por ello, evolucionaría en sus últimos años hacia un teatro simbólico en el que se ocupa de hondas reflexiones acerca del ser humano. Buena muestra de ello es ‘El pato salvaje’, que trata sobre la posibilidad de regeneración de éste.

Fuente: Ibsen.net.

Foto: Xabier Cid.

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