Cinco Cerditos, Agatha Christie

Agatha Christie nunca fue amiga de los barroquismos literarios. No parecían importarle sus carencias en cuanto al dominio del lenguaje, su vocabulario limitado, e incluso esa forma que tenía de insistir una y otra vez en los mismos temas. De hecho, es rara una obra de esta autora si no aparecen de por medio asesinatos, herencias, venenos y testamentos. Una y otra vez, como digo. Los mismos temas.

El principal prejuicio que se tiene de los libros de esta escritora son sus argumentos, mil y una veces vistos. Lo más curioso de todo es que la culpa de esto no la tiene ella, sino la vastísima influencia posterior que se ha generado. Ella está presente en todos los thrillers cinematográficos, en todos los libros de intriga, de misterio, de suspense. Ella está en las películas de Alfred Hitchcock (inventó de forma inconsciente el concepto de McGuffin), en las novelas de Isaac Asimov (sobretodo en su saga de la Fundación), en ese tipo de relatos en los que el final es sorpresivo. Ella es un género en sí mismo, y hoy en día eso le ha perjudicado en lugar de beneficiarle.

En Cinco Cerditos encontramos una estructura muy similar a la de muchas de sus otras novelas. Con La Casa Torcida y Diez Negritos tiene en común que el título, y el leitmotiv de la obra, es procedente de una canción popular infantil. Si bien Diez Negritos y Asesinato en el Orient Express son infinitamente más conocidas, Cinco Cerditos es su novela de intriga más brillante.

Comenzando por una breve presentación del extraño detective belga Hércules Poirot, que aparece en multitud de novelas de Christie, se presenta un entramado complejo, la típica historia llena de secretos y de matices que todo detective querría acoger en su seno. El asesinato del pintor Amyas Crale, un caso enterrado hace años, reúne de nuevo a todos los allegados de la víctima. La mujer del pintor fue dictaminada culpable y condenada por ello. Como Poirot no está tan seguro de que la justicia se cumpliese, empieza a interrogar a los que considera sospechosos. Todos los allegados recuerdan de forma muy relativa y personal cómo ocurrió todo, y ahí radica la grandeza de esta novela. Cuando Poirot les asalta exigiendo explicaciones, recuerdan lo ocurrido de forma muy vaga y confusa, pero cuando el detective les pide a todos y cada uno de los sospechosos que redacten un informe con «todo lo que recuerden», la obra gana tremendamente en interés, sobretodo porque el hecho de estar narrado sucesivamente por todos ellos, hace al lector darse cuenta de la subjetividad intrínseca en el ser humano.

Cada informe presenta nuevos matices y, por qué no, nuevas mentiras. Es cuando el lector, de forma irremediable, se implica en la obra. Es imposible que, durante la lectura, no se formule sus propias hipótesis, hasta llegar con avidez a un final impredecible por lo complejo del caso, y el largo tiempo transcurrido.

Es de esas novelas en las que, una vez llegado el final, el lector siente la necesidad de volver a leerla, para cazar nuevos detalles que habían pasado inadvertidos. Es por ello una obra muy disfrutable, en la que Agatha Christie, dentro de sus limitaciones narrativas, despliega mayor cantidad de talento, lucidez e imaginación.

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